El suicidio de Vox.


No tengo la menor idea de la persona de quien depende la estrategia de Vox, pero de lo que sí tengo certeza es que el batacazo de esta formación política en las próximas elecciones en las que se tenga que medir va a ser de campeonato, y si Sánchez e Iglesias no se ponen de acuerdo, puede ser dentro de pocos meses.

Y es que este partido, Vox, que surgió como contra peso a la “derechita cobarde”, no puede bajo ningún concepto entregar las comunidades autónomas de Murcia y Madrid a manos del PSOE, Podemos y adláteres.

Ni la falta de foto oficial, ni del apretón de manos, ni de guiños, ni palmaditas a la espalda de unos a otros; Vox no tiene excusa alguna para permitir, por acción u omisión, que un PSOE a la deriva ideológica y la extrema izquierda más extrema de Europa vuelvan a seguir destrozando Madrid con sus políticas de odio hacia todo lo que huela a España, a cristiano y a derecha.

Tampoco Vox puede condenar a los murcianos a cuatro años de castigo en manos de un gobierno escorado a la extrema izquierda, que suele estar más centrado en destruir los cimientos en los que se fundamentan la cultura y tradiciones de los españoles, que en buscar soluciones para el crecimiento económico, la mejora del empleo y el bienestar de cada uno de los españoles residentes en las autonomía en las que gobiernan.

Vox tiene una línea roja irrenunciable, echar como sea de los gobiernos autonómicos y ayuntamientos donde gobierna a esa extrema izquierda rancia y revanchista, y evitar que por arte de componendas electorales ocupen otras comunidades donde hasta el momento no ha gobernado, porque en caso contrario el coste electoral va a ser muy alto para Vox.

“Lo que sería imperdonable por quienes confiamos en su momento en Vox es ver al socialista Gabilondo presidiendo la Comunidad de Madrid y a Conesa en Murcia, dos sanchistas apoyados por Podemos.”

Y es que somos muchos los que, cansados de tanto revanchismo guerra civilista de la izquierda española gobernante y de una derecha pusilánime, confiamos en Vox como ese partido que pondría a ambos en su sitio; pero nunca nos hubiésemos imaginado que nuestro voto, mayoritario a la derecha por otro lado, sirviese para mantener, e incluso dar nueva carnaza, a PSOE y Podemos.

No, señor Abascal, no. Favorecer que la izquierda siga en Madrid o entre en Murcia no absteniéndose en la votación de la investidura de los nuevos gobiernos autonómicos, es lo mismo que Vox hizo en Andalucía, pero en este caso cumpliendo con el compromiso contraído con todos sus electores, ayudar a echar al PSOE a la calle.

Después serán los momentos de exigir el pago del apoyo dado a quien quiere gobernar sin tan siquiera dar las gracias, la votación de presupuestos es un buen momento para ello, pero lo que sería imperdonable por quienes confiamos en su momento en Vox es ver al socialista Gabilondo presidiendo la Comunidad de Madrid y a Conesa en Murcia, dos sanchistas apoyados por Podemos.

Francisco Márquez

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El probable pacto de Pedro Sánchez con Albert Rivera que acabará con Ciudadanos.

Hace unos días, tras la ronda de contactos que el presidente en funciones del Gobierno mantuvo con algunos líderes de partidos políticos tras las Elecciones Generales, Albert Rivera, líder de Ciudadanos, le decía en persona a Pedro Sánchez lo que llevaba diciendo públicamente durante toda la campaña electoral: que no contempla votar a favor o abstenerse para que Sánchez pueda ser investido nuevamente como presidente del Gobierno.

“Nosotros no estamos para corregir lo incorregible, que es Pedro Sánchez”, decía Albert Rivera antes de la reunión con Sánchez, huyendo de la peste de un PSOE entregado por completo a un sanchismo que no duda en apoyarse políticamente en separatistas catalanes y Bildu. “Ni se nos pasa por la cabeza dar alas a un Gobierno que ya está hecho de Sánchez con los populistas y apoyado en los nacionalistas”, sentenciaba la portavoz de la ejecutiva de Ciudadanos, Inés Arrimadas.

Hasta este momento la estrategia del líder de Ciudadanos se basaba ejercer una oposición “firme en los principios liberales y constitucionales, y leal a España”, intentando hacerse con el liderato de la oposición a Sánchez, arrebatándoselo al PP, aunque este le superase en más de 200 mil votos en las Elecciones Generales.

Eso era por lo menos la estrategia de Ciudadanos ante las Elecciones Locales, pero parece ser que finalizadas estas, y a tenor de los resultados, la estrategia de Albert Rivera va a cambiar, abriendo la posibilidad de pactos con sanchismo.

De ser así, aunque Ciudadanos diga que sólo lo haría con posibles alcaldes y presidentes de comunidades autónomas no sanchistas, la formación naranja estaría dando alas al mismo PSOE que pacta con separatistas catalanes y vascos, al mismo PSOE que se ha juramentado para no utilizar el 155, al mismo socialismo que elige a un presidente del Senado que, sin respetar el principio básico en cualquier democracia de la división de poderes, se posiciona a favor del indulto a los golpistas, incluso antes de que sean condenados; en definitiva, al mismo PSOE que pone en riesgo la unidad territorial de España.

Llegados a este punto, hasta el PSOE de Sánchez se olvidado de los gritos unánimes de sus afiliados concentrados frente a su sede de Ferranz para celebrar la victoria de su partido en las pasadas Elecciones Generales, cuando voz en giro exigían a su secretario general: “con Rivera, no”.

De pronto el “no es no” y “con Rivera no” se ha convertido en un desmesurado interés por buscar pactos con Ciudadanos, especialmente los líderes locales y regionales donde el PSOE suma con el partido naranja para gobernar, que ahora están presionando a Rivera para elija entre el PSOE y Vox.

Y ahí es donde se equivoca Albert Rivera, porque puede ser que a los ojos de los socialistas y votantes de izquierdas poner a Ciudadanos ante la espada y la pared de apoyar a la “extrema derecha” -que hasta ahora respeta las leyes y apoya la Constitución, al contrario que los otros- o al PSOE pueda inclinar la balanza del partido naranja para decantarse por la coalición con los socialistas; pero de ser así Ciudadanos perdería toda credibilidad, especialmente de esa bolsa de votantes que gestó su crecimiento, buscando en ese partido el amparo de un montón cientos de miles de constitucionalistas avasallados por un independentismo creciente y muy beligerante.

Albert Rivera no debe olvidar que apoyar al PSOE actual no es hacerlo a aquel partido del mismo nombre que, aunque de izquierdas, defendía los principios constitucionales nacidos de la Transición española y donde la razón de Estado primaba sobre las del partido.

Apoyar al PSOE de Pedro Sánchez, aunque sea en Extremadura o en el ayuntamiento más recóndito de la geografía nacional, es apoyar al partido que en Madrid negocia con los golpistas -ahí está Oriol Junqueras recordándoselo a Sánchez en la constitución del Congreso de los Diputados-, al que desde Barcelona justifica la independencia de Cataluña si quienes previsiblemente la apoyan superan un determinado porcentaje de la población o al que desde el Gobierno de la Nación les permite el incumplimiento sistemático de la leyes que nos rigen a todos los españoles.

Si Albert Rivera apoya al PSOE de Pedro Sánchez en comunidades y ayuntamientos será el principio del fin de Ciudadanos como opción constitucionalista al Partido Popular, porque sus votantes en las provincias no le van a perdonar nunca el apoyo a un partido que en Madrid pacta la legislatura con separatistas y proetarras o que en muchos lugares ha permitido el sectarismo en la forma de Gobernar de Podemos.

F. Márquez

26M: Los españoles tenemos una segunda oportunidad.

Como quienes suspenden una asignatura en junio y pasan a la repesca de septiembre o a quienes la salud les da un susto y les permite cambiar sus malos hábitos para seguir viviendio; los españoles tenemos una segunda oportunidad para enmendar el grave error cometido en las pasadas Elecciones Generales del 28 de abril.

Porque no son pocos los votantes socialistas que ahora critican, eso sí en privado si forman parte de algún órgano de dirección del PSOE o cargo público, la tibieza de Sánchez con los independentistas, que por si existía alguna duda estos días se ha disipado con la patética escena de un preso subiendo las escaleras del hemiciclo del Congreso de los Diputados, Oriol Junqueras, y su frase “tenemos que hablar” dirigida a Pedro Sánchez, que no duda estrecharle la mano en señal de aceptación a un golpista que quiere acabar con la democracia española.

Pero son muchos más los votantes del llamado centro-derecha que han visto como su motivación por echar del Gobierno a socialistas y quienes les apoyan (izquierda radical de Podemos, golpistas catalanes, proetarras y demás), especialmente los de Vox, se han convertido, por arte de la Ley D’Hont, en artífices directos de la victoria electoral de la izquierda en unos de los momentos cruciales y más difíciles para la historia de España.

Aunque la proximidad de estas Elecciones Locales mantienen prácticamente bajo mínimos las negociaciones para formar Gobierno, especialmente el PSOE no quiere mover ficha parta evitar el riesgo de que este domingo los resultados no sean lo esperado, el día a día hace prácticamente imposible ocultar una realidad que conforme pasan las horas es más evidente, Podemos formará parte del nuevo Gobierno Sánchez, ya sea directamente entrando en el Consejo de Ministros responsables de esta formación o por medio de “independientes” próximos a sus postulados.

Eso en lo que respecta al Gobierno, porque en lo político es más que evidente que se va a buscar una fórmula para conseguir el apoyo de los separatistas catalanes al nuevo Ejecutivo, eliminando la opción de aplicar el 155, dejando que el separatismo siga riéndose de la democracia española y como colofón, el indulto para los condenados por el golpe de estado separatista, en definitiva la ruptura de la España de las autonomías que hoy conocemos.

Tampoco lo que se nos avecina a nivel económico y fiscal a los españoles es “moco de pavo”, una fuerte subida de la “presión fiscal” que, aunque se obstinan en que sólo alcanzará a los ricos, la realidad es que tocará los bolsillos de todos y cada uno de los españoles (subida del gasoil, recibo de la electricidad, peaje en la autovías, en los tramos del IRPF, impuesto de donaciones y sucesiones, etc., etc., etc.).

Y no podemos descuidar por un momento la merma en nuestros derechos y libertades individuales, ahí están datos publicados recientemente que nos alertan que en España han aumentado un 20% los ataques y ofensas a la libertad religiosa, especialmente de los católicos, y que en su mayoría provienen de la izquierda, separatistas y radicales de izquierda. Por lo que nos podemos imaginar lo que puede suponer para la democracia española un Ministerio del Interior y un CNI en manos de Podemos, visto lo que sucede en una Venezuela asesorada por sus dirigentes o más cercano, el bagaje en esta materia del los ayuntamientos y comunidades donde gobierna Podemos.

Sin duda un futuro negro, muy negro, negrísimo para España y los españoles, que el próximo domingo tenemos la oportunidad de enmendar el grave error cometido hace menos de un mes, dividir el voto y abrirle la puerta a la izquierda más radical que ha visto España desde los años 30.

El 26 de mayo los españoles de bien tienen que pensar más con la cabeza que con el corazón para meter la papeleta en el sobre; hay que dejar de un lado rencillas, malestares y fundamentalismos ideológicos y votar en una sola clave, que en mi ayuntamiento no gobierne la izquierda.

Y eso que aparentemente resulta tan difícil, es tan sencillo como ver las listas de partidos que se presentan en mi ciudad y votar a la formación de centro-derecha que más votos saca en mi municipio en los últimos años, ya tendré ocasión de votar con el corazón en otras alecciones, y no faltarán ocasiones.

Lo urgente hoy es parar a la izquierda radical que se dispone a destrozar España con los separatistas los cuatro próximos años, y ahí radica la verdadera importancia de las próximas Elecciones Locales del domingo, una segunda oportunidad que el destino nos da a los españoles para conseguir un contrapeso local capaz de hacer frente a la ofensiva radical que se avecina desde el Gobierno de España.

Después no nos quejemos.

F. Márquez

El 28A nos jugamos algo más que unas elecciones, nos jugamos la propia existencia de España.

Para algunos puede que parezca un titular algo desmesurado, pero prácticamente finalizada la campaña electoral y visto los pronunciamientos de los principales líderes políticos, y sobre todo sus silencios, estoy más convencido que nunca que el futuro de la España que conocemos depende del resultado electoral del próximo domingo.

Aunque la recuperación económica sigue sin llegar a muchos españoles, las cifras de desempleo continúan disparadas con respecto a la media de los países de nuestro entorno, las pensiones no permiten a nuestros mayores vivir con dignidad, millones de españoles se las ven y se las desean para llegar a fin de mes, los salarios se mantienen o bajan mientras todos los servicios esenciales suben y nos anuncian una nueva recesión; todo estos graves asuntos se quedan en nada si tras el 28A se consuma la ruptura del Estado Español.

Una situación cuya gravedad y trascendencia a todos los niveles no somos ni capaces de imaginar como nos afectaría en nuestras vidas cotidianas, pero que la situación, salvando las distancias, del Brexit del Reino Unido y sus desastrosas consecuencias económicas y sociales, nos pueden dar una pista de a lo que estamos abocados los españoles si finalmente el bloque de izquierdas, extrema izquierda y separatistas se hace con la mayoría absoluta en el Congreso y en el Senado.

Un Gobierno de coalición de PSOE y Podemos, con el apoyo parlamentario de ERC, Bildu y demás grupos que buscan la ruptura de España para favorecer los intereses separatistas del País Vasco y Cataluña, es el peor escenario al que podemos estar abocados los españoles.

Porque un PSOE, el de Pedro Sánchez, que negocia sin ambages con los separatistas toda clase de cesiones, cambios constitucionales, derogación de leyes, permisividad ante el incumplimientos legales e incluso indultos a los golpistas, no puede, no quiere hacer frente al envite nacionalista que vendrá después de un 28A con unos resultados donde ellos tengan las llaves del futuro Gobierno.

Lo que se ve agravado con los compañeros de viaje que se ha buscado el PSOE de Pedro Sánchez, un Pablo Iglesias sin ninguna empatía con España, un Arnaldo Otegui que busca conseguir con un PSOE a la deriva lo que no se pudo con las armas o un Oriol Junqueras que busca lo mismo que Puigdemont, la independencia, pero con sordina.

Todos ellos han manifestado su intención de pactar con el PSOE para que este gobierne, a sabiendas que la única oportunidad de ver hechas realidad sus expectativas sería con un Gobierno de Pedro Sánchez.

De otro lado tenemos a los liberales de Albert Rivera, el centro-derecha de Pablo Casado y la derecha de Santiago Abascal que ya han dejado nitidamente claro, y no sólo de palabra sino con hechos, que no van a permitir que Otegui, Junqueras y Puigdemont se salgan con la suya, y especialmente Pablo Casado y Santiago Abascal, que están dispuestos a tomar medidas duras para acabar con la insurrección separatista que amenaza la propia pervivencia de España. En este flanco sólo la duda de un Albert Rivera, que aunque parece haber roto amarras con Pedro Sánchez, hace pocos meses firmaba sonriente mente un pacto con él.

Así el panorama político es tan simple como aterrador, si gobierna el PSOE en coalición o apoyo de PODEMOS, afianzado por los separatistas, la ruptura de la España que conocemos es segura. Sólo una mayoría parlamentaria de PP, Ciudadanos y Vox nos garantizaría que los españoles podamos seguir formando parte de la misma Nación, desinflar el separatismo y afrontar con mayor garantía el difícil futuro que nos depara el destino.

Lo único que nos queda esperar a todos los que queremos a España es que, ya que los tres líderes “constitucionalistas” no han sido capaces de aparcar legítimos intereses partidistas por una emergencia nacional que requería estrategias para no dispersar el voto, que seamos nosotros, a esos que el frente de izquierdas y separatistas nos llaman fascistas, los que salgamos a votar en masa el próximo domingo y con inteligencia sepamos en cada provincia sacar el mayor rendimiento a nuestro voto, porque España lo va a necesitar.

F. Márquez

Entrevista a Javier Barraycoa sobre su último libro: “Eso no estaba en mi libro de Historia del carlismo”.

Javier Barraycoa es profesor universitario y ha desarrollado una labor de investigación desde el ámbito de la sociología aunque también se ha destacado en los últimos años en sus estudios desmitificadores del nacionalismo catalán. Ahora nos presenta una obra especialmente sugerente: “Eso no estaba en mi libro de historia del CARLISMO” (Almuzara 2019).

Algunos dicen que tiene usted un “negro” que le escribe los libros. Su producción en el último año ha sido espectacular …

El único negro soy yo. Es verdad que han coincidido en un año la publicación de tres libros, el penúltimo “La constitución incumplida” (SND Editores, 2018) y ahora “Eso no estaba en mi libro de historia del CARLISMO” (Almuzara, 2018) que mantiene la línea de “Eso no estaba en mi libro de historia de CATALUÑA”. Pero la verdad es que es el fruto de varios años de trabajo que han visto a la luz en un periodo de 12 meses.

Usted afirma en su libro que se ha disparado el interés por el carlismo y los estudios en la última década, ¿qué aporta entonces su libro?

Creo ser sincero si afirmo que este libro es diferente a otros. Es un libro escrito para los que desconocen el carlismo pero que intuyen que puede ser un descubrimiento para sus vidas. No es una propuesta de mera curiosidad intelectual o histórica, sino un reto lanzado al lector para ver si con su lectura cambia la perspectiva de la historia de España, incluso su predisposición hacia su defensa.

Eso suena a manipulación…

Todo lo contrario. Todo libro debería llevar a la transformación del lector en un sentido u otro. Una lectura que te deja inerte, es absurda. Con quizá demasiada audacia o temeridad desde el principio al final propongo al lector que recoja el guante que le lanzo: siéntase carlista cuando haya acabado de leer este libro.

Un poco prepotente por su parte, ¿no?

No. Aún creo que hay gente abierta a la verdad de las cosas, a indagar, a preguntarse por el destino de su Patria, del por qué hemos llegado hasta aquí o si la historia nos podía haber llevado a un presente muy diferente. Este libro está pensado para los que se plantean estos interrogantes y notan que les falta una clave explicativa en la historia de España para entender mejor España.

¿Y esa clave es el carlismo?

Por su puesto. El carlismo, siendo el movimiento político más antiguo de Europa, es el gran olvidado del siglo XIX. Se pretende explicar el siglo XIX menoscabando lo que implicó el carlismo. Ello hace incomprensible la historia moderna de España. Todo se jugó en las guerras civiles decimonónicas y, como colofón en la Guerra Civil del 36, que para el carlismo fue su gran Cruzada.

O sea que estamos ante un típico libro de historia de las guerras carlistas.

No, en absoluto. Estamos ante un libro con muchas variables y vertientes, algunas sorprendentes. Por el cariz de la colección es un libro de divulgación, pero de esos que hacen pensar. Era inevitable hacer alusión a las guerras carlistas, pero el tradicionalismo español tuvo una dimensión política, periodística y organizativa fascinante. Me atrevería a decir que el libro pretende transmitir al lector las claves del comportamiento de las revoluciones moderadas o radicales a las que se enfrentó el carlismo y que son perfectamente válidas para entender el presente. Muchos se sorprenderán en reconocer a los viejos liberales del XIX a personajes y comportamientos que hemos ido descubriendo durante la transición.

Pero el carlismo ya no es lo que era, por tanto se puede decir que la política actual puede prescindir del tradicionalismo político.

El carlismo, sostengo en el libro, es la continuidad viva -a partir de las revoluciones decimonónicas- de la tradición española que se gesta en el III Concilio toledano. Esta tradición nunca se rompió ni con la conquista musulmana. Se manifiesta en los ideales de Dios, la Patria y la Monarquía. Y esa es la esencia de España, la tensión en la historia por salvaguardar su idiosincrasia fundacional. Si el carlismo ha muerto es que ha muerto España. Como mucho quedan los restos de un estructura administrativa sin alma ni vida.

Un poco fuerte esta afirmación, ¿no?

Para eso estamos, para hacer afirmaciones fuertes, sino nos quedamos mejor en casa. De hecho el libro acaba con una “profecía” de la deriva que habría de tomar España si se alejara de sus principios fundacionales. Cuando uno la lee se estremece pensando en su vigencia y actualidad.

Pues habrá que leer el libro…

Pues sí. Creo que no se arrepentirá el lector, pues sino conoce el carlismo descubrirá un universo ocultado de nuestra historia.

Javier Navascués Pérez

Carlos III: El primer gobierno antirreligioso de la historia de España.

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El reinado de Carlos III (1759-1788) ha sido uno de los más decisivos períodos de la historia de España. Su reinado se caracterizó por estar imbuido del espíritu de la “Ilustración”. Se llevaron a cabo reformas de todo tipo, económicas, administrativas, políticas, militares… Pero por desgracia también se llevó a cabo una política que chocaba de frente con la mentalidad católica tan tradicional y consubstancial a la historia y la naturaleza del pueblo español. Y esto es un factor sobre el que no se suele insistir lo suficiente. Y cuando se hace, es para alabar, incluso desde ámbitos católicos, acríticamente una época que marcó el inicio histórico del descenso a los abismos morales en los que estamos en la España de hoy. El historiador Rafael María Molina nos acerca a su figura.

¿El reinado de Carlos III supuso una ruptura con la historia de España en el ámbito religioso?

Así es. La época de Carlos III marca un auténtico punto de inflexión o de ruptura si se prefiere con la historia de España en el plano religioso. Hasta entonces, todos los reyes españoles, desde el tiempo de la conversión de los visigodos al catolicismo, en mayor o menor medida, habían promovido la Religión Católica o luchado por ella, como en la Reconquista. Este fenómeno llegó a su apogeo en los tiempos del Siglo de Oro en los que la Monarquía Hispánica llegó a simbolizar la propia defensa y expansión de la Fe en todos los continentes. En una sociedad que aún era teocéntrica, los españoles de a pie se identificaban totalmente con esa visión y se puede decir que lo dieron todo, empezando por literalmente su sangre y sus bienes para sostener una política cuya base era la defensa de la Fe Católica en primer lugar, en todas partes y contra todos sus enemigos.

Pero todo esto empieza a cambiar drásticamente durante el reinado de Carlos III (1759-1788). Es el primer reinado de la historia de España que mira a la Iglesia con desconfianza, casi como a un enemigo potencial. El primer reinado que trata de inculcar a los españoles una nueva “ideología”, el culto al racionalismo y al conocimiento entendidos como algo distinto y casi ya en oposición a la Religión. El primer reinado donde la influencia masónica sobre el Gobierno será fuerte.

¿Cómo se materializa todo esto?

Por varias vías. En primer lugar Carlos III y sus ministros acentuaron al máximo la política regalista, esto es, intentar situar a la Iglesia bajo el control del Estado. Los gobiernos de Carlos III desarrollarán hasta las últimas consecuencias las posibilidades que les ofrecía el Concordato firmado con el Vaticano por su antecesor Fernando VI en 1753 para controlar el nombramiento de cargos eclesiásticos en España y en su todavía inmenso imperio americano (lo que se conocía como el “Patronato Universal”). La idea era que, si el monarca lo era por derecho divino, supuestamente tenía derecho a situar la Iglesia bajo control a través de sus “regalías” o sea, los derechos absolutos del rey sobre todas las cuestiones referidas a la Iglesia.

¿Cómo se originó la persecucución total durante este reinado a la Compañia de Jesús?

Fue una consecuencia del regalismo y también de la influencia del singular odio ilustrado y masónico (muy visible en los ideólogos franceses de la “Ilustración” como Voltaire o Diderot entre otros) por los jesuitas. En primer lugar, dado que los jesuitas eran la Orden más influyente y la que poseía una mayor riqueza material, la idea de apropiarse de sus bienes, rentas y tierras, era muy atractiva para Carlos III y sus ministros. En segundo lugar, los jesuitas estaban considerados entonces como el principal bastión de la ortodoxia intelectual católica y ponían su fidelidad al Papa por encima de la lealtad a cualquier rey. (Por eso eran tan odiados por los “ilustrados”). Los jesuitas fueron expulsados en la década de 1760 tanto de España, como de Francia y Portugal (países todos donde la influencia “ilustrada” sobre los gobiernos era fuerte). Carlos III, además les culpaba de estar supuestamente implicados en el “motín de Esquilache”, la revuelta popular en Madrid y otras ciudades que en 1766 llegó a poner en peligro la Corona. 1 año más tarde , en 1767 fueron expulsados de España y de su imperio. Pero da la medida del odio real hacia los jesuitas el hecho de que Carlos III no paró hasta conseguir que en 1773 el Papa Clemente XIV, sometido a todo tipo de presiones y amenazas (incluída la de un desembarco español en Italia) disolviera la Orden en todo el mundo. El embajador español en Roma que había logrado este “éxito”, don José Moñino, fue nombrado por Carlos III, conde de Floridablanca, como premio y pronto sería nombrado Primer Ministro por Carlos III.

En el proceso de la expulsión de los jesuitas tuvo también un papel destacado el Conde de Aranda, político aragonés que ejercía en ese momento el puesto de presidente del Consejo de Castilla, lo que le convertía casi en el virtual primer ministro de España. Aranda fue un político muy influenciado por la masonería. Se discute aún si llegó a ser masón pero en cualquier caso llevó a cabo una política promasónica. Era amigo de Voltaire (que le dedicó unos horribles versos calificándolo de heroico vencedor de la “hidra” jesuita). La Corona incautó todos los bienes de los jesuitas. En definitiva, fue una gran victoria masónica.

¿Carlos III era católico?

Hay que dejar claro que Carlos III fue católico. De hecho era católico practicante y desde luego, no fue personalmente masón (de hecho murió en 1788 con los Sacramentos) Pero no fue un católico tradicional sino más bien fue lo que en nuestra época se ha llamado un católico “progresista”. Como ha señalado el experto hispanista John Lynch, el gobierno de Carlos III fue antipapal desde el principio. Ya en sus primeros años de reinado Carlos III defendió públicamente las tesis del abad francés Mesenguy que negaban la infabilidad papal y que estaban condenadas por la Iglesia. Y ya a partir de 1761 un decreto de Carlos III prohibió la publicación de cualquier documento papal en España a menos que contara con el visto bueno previo de la Corona.

El Gobierno prohibió los sínodos eclesiásticos provinciales para impedir que la Iglesia pudiera pactar estrategias de actuación y medidas propias sin el control estatal y estableció la censura previa sobre las pastorales de los obispos. E incluso sobre las homilías de muchos sacerdotes. Hizo un gran intento por secularizar la enseñanza, hasta entonces dominada por los religiosos, regulando los métodos de acceso de los maestros, con el objetivo de limitar al máximo el número de maestros religiosos y crear un cuerpo de maestros laicos, subordinados al Gobierno. Es verdad que hubo alguna medida positiva en el ámbito religioso, básicamente la proclamación de la Inmaculada Concepción como Patrona de España y de las Indias en 1760. (Y se podría añadir que Carlos III ha sido uno de los pocos reyes españoles Borbones que no fue motivo de escándalo por cuestiones relacionadas con la lujuria y la infidelidad conyugal) pero el peso de su política anticlerical fue, por desgracia, enorme.

¿Qué otras medidas laicistas llevó a cabo el gobierno de Carlos III?

Se reformaron las materias para dar más importancia a los contenidos científicos lo cual en parte era saludable pero el auténtico objetivo del Gobierno era secularizar la enseñanza en todos los tramos, incluído el universitario. El gobierno de Carlos III llevó a cabo también numerosas medidas para prohibir o limitar muchas devociones populares y actos religiosos masivos con el argumento de que determinadas devociones, sobretodo las marianas, eran casi idólatras y muchos actos de piedad no eran más que superstición, que hacían perder muchas horas de trabajo a la gente.

También se limitó el número monasterios contemplativos con el argumento de que eran improductivos. Es llamativo que en todo ello destacaron los ministros más abiertamente másonicos o “librepensadores” como Roda o Campomanes. La Inquisición no fue suprimida pero se limitó estrechamente su actividad. Es cierto que, como es sabido, la Inquisición todavía pudo lograr la condena del famoso intendente Pablo de Olavide, íntimo amigo de Voltaire y Diderot y mano derecha del Conde de Aranda, por sus escritos notoriamente antirreligiosos pero la Institución fue severamente limitada en su actividad por los ministros del rey. Campomanes llegó a preparar una gran “desamortización” o incautación general de los bienes de la Iglesia aunque finalmente el propio rey no se atrevió a ejecutarla, ante los síntomas de una resistencia eclesiástica muy intensa. (Pero sí lo haría parcialmente su hijo Carlos IV y al final se llevaría a cabo totalmente en tiempos de Isabel II)

¿El pueblo seguia siendo masivamente católico o empezaba a ya resultar contaminado de anticlericalismo?

El pueblo español en esta época seguia siendo abrumadoramente católico, como reconocen los historiadores. La asistencia a Misa y la recepción de sacramentos seguía siendo masiva y, como han señalado algunos historiadores, al pueblo , desde luego, le emocionaban mucho más las prédicas de grandes predicadores como Fray Diego de Cádiz que el anticlericalismo del Gobierno. Por eso fue tan importante vista en perspectiva la ofensiva anticlerical de los ministros de Carlos III. Sembraron para las generaciones futuras. Los futuros liberales antirreligiosos de principios del siglo XIX seran hijos intelectuales de la “Ilustración” y de la Revolución Francesa (preparada ideológicamente por la “Ilustración”)

¿Por último que balance haría de este reinado, sobretodo desde el punto de vista religioso?

El reinado de Carlos III se caracterizó por una serie de amplias reformas, algunas de las cuales en los ámbitos económico, administrativo , militar o urbanístico fueron positivas en aquel momento. También se caracterizó por las guerras contra Inglaterra, la última de las cuales, la de 1778-1783 tuvo un balance positivo pues, aunque no se logró reconquistar Gibraltar, si se recuperó la isla de Menorca y algunos territorios en Norteamérica. De hecho, en este reinado el imperio Español de América llegó a su máxima extensión con la conquista o adquisición de California, Luisiana y la pacificación de amplios territorios del sudoeste norteamericano tras duras luchas contra los pueblos indios. Fue el último reinado en el que España, con una gran flota de guerra, tuvo todavía autentico rango de gran potencia internacional.

Todo ello ha hecho que de Carlos III se haya dicho que es una de las pocas figuras de la historia de España que gusta tanto a la derecha (por el relativo esplendor militar y colonial) como a la izquierda (precisamente por sus medidas anticlericales). Y es que el peso, trágico, de la política antirreligiosa es una responsabilidad muy gravosa con la que este reinado carga ante la Historia.

A este respecto, fue muy llamativo lo ocurrido en 1988 cuando el entonces gobierno socialista español presidido por Felipe Gónzalez, conmemoró por todo lo alto el bicentenario de la muerte de Carlos III con cientos de actos, exposiciones, conferencias, libros y actos de todo tipo, incluyendo una serie de televisión sobre el reinado y una película sobre el motín de Esquilache, de la directora Josefina Molina, donde Carlos III y su ministro, el reformista radical Esquilache (de origen italiano) aparecían como unos héroes reformadores. También en esa época se colocó la estatua ecuestre de Carlos III que preside la Puerta del Sol, en el centro geográfico de Madrid y de España.

El gobierno socialista insistió entonces en que ellos, en su decidida política de “modernizar España” (o sea, en la práctica, descristianizarla) eran los sucesores naturales de una figura como Carlos III cuyo empeño de modernización del país en su época, fue idéntico.

Fue, en definitiva el reinado en que, tristemente, el anticlericalismo impulsado desde el poder, hizo su aparición en la historia de España.

Javier Navascués Pérez

Reyes Católicos: la Fe que unificó España.

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La principal misión de los Reyes Católicos en todo su reinado fue contribuir a la salvación de las almas allí donde la Corona Española tocaba tierra, porque sabían que Dios les pediría cuentas de sus talentos tras su muerte. ¡Qué necesario se hace la instrucción de los súbditos en la ejercitación de las virtudes cristianas!

Tengan en cuenta esto los reyes y gobernantes del orbe. No hay mayor misión que trabajar sin descanso en instaurar el Reinado Social de Cristo, de lo contrario gobernará el reinado de Satanás y sus súbditos serán presa de los mayores vicios.

D. Rafael María Molina, historiador, nos acerca a la figura egregia de los Reyes Católicos y su grandísima trascendencia en la Historia de España y en la Hispanidad.

¿Por qué fue tan determinante en la historia de España el reinado de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, los Reyes Católicos?

Porque durante su reinado (1474-1516) surge la Unión de Reinos entre Castilla y Aragón, a la que se añadirán Granada y Navarra. Unión de Reinos bajo unos mismos monarcas, lo que es el origen de la moderna España como Estado nación. Termina el periodo de dispersión medieval de los reinos hispánicos y el destino de todos ellos (con la única excepción de Portugal) quedará unido hasta nuestros días. Además de este factor transcendental, durante su reinado se producirán episodios históricos no menos trascendentales de alcance universal, el más importante el Descubrimiento de América y se culminará la Reconquista con la toma del reino musulmán de Granada. Acontecimientos ambos que confluyen en el año 1492, verdaderamente decisivo en nuestra historia y en la del mundo. En este reinado se producen cambios y reformas religiosas, sociales y económicas que marcaran profundamente la historia de España al menos hasta 1700. Con los Reyes Católicos España pasa de ser un país dividido y en guerras civiles crónicas en la década de 1460 a convertirse en una corona pujante, poderosa y virtualmente la primera potencia europea a la muerte de Fernando el Católico en 1516.

¿Los Reyes Católicos son los padres del concepto de España como nación?

No, esto hay que dejarlo bien claro. La idea de España como nación ya existía desde mucho antes, por lo menos desde la época del reino hispanovisigodo, como dejó bien claro San Isidoro de Sevilla y durante toda la Edad Media en los diferentes reinos persiste el sentimiento de España como nación común, de lo cual hay una multitud de testimonios en la Crónicas de la época. Algún historiador ha hablado de España como “nación pluriestatal” durante el período medieval. (Todo lo contrario al absurdo concepto de “Estado plurinacional” del que ahora hablan algunos políticos).

o que hacen los Reyes Católicos es llevar a la práctica el sueño compartido por muchas generaciones en los siglos medievales de unificar las coronas en una única monarquía, la que pronto será conocida en todo el mundo como Monarquía Hispánica. La base de poder principal de los Reyes será el reino de Castilla donde la Corona poseía jurídicamente amplios poderes de gobierno. En cambio, en las regiones de la Corona de Aragón, la Corona compartía el poder con las instituciones propias de estos territorios. (Aragón, Cataluña, Valencia y Mallorca) Es cierto que, como han señalado prestigiosos historiadores como Don Luis Suárez, Miguel Ángel Ladero o John Elliott, la Monarquía de Isabel y Fernando será una Unión de Reinos y no un reino fusionado y centralizado.

Tanto Castilla como Aragón conservaran todas sus instituciones y leyes propias, pero al tener los mismos monarcas y una única política exterior y militar la sensación de unidad de España fue muy clara como expresan muchos intelectuales y cronistas de la época, tanto en Castilla como en los reinos de Aragón, tales como Alonso de Palencia, Alfonso de Cartagena, Joan Margarit o Pere Miquel Carbonell, por citar unos pocos ejemplos. Este sentimiento alcanzó no solo a intelectuales sino al mismo pueblo. Es impresionante ver como, por ejemplo en las Crónicas de las guerras del Gran Capitán en Italia, el propio Gran Capitán y sus soldados se definen ya como únicamente españoles y no ya castellanos ni aragoneses y se refieren a España como su patria y su nación. Fernando, a pesar de ser en teoría solo rey consorte de Castilla ejercerá en la práctica como rey de Castilla junto a su esposa interviniendo en todas las cuestiones de este reino. Y se crea la estructura de Consejos (de Castilla, de Aragón, de Italia  etc) que extenderá el poder real a toda la monarquía. Estructura que será característica de la Monarquía Hispánica hasta 1700.

Sin duda alguna, la religión jugaba un papel esencial para Isabel y Fernando. ¿Hasta que punto fue así?

Exactamente. Para Isabel y Fernando la defensa y promoción activa de la Fe católica a todos los niveles era la base y piedra angular de toda su política. Hay que tener muy presente un dato muy importante: Isabel y Fernando tenían bien claro que Dios, tras la muerte, exigirá cuentas  de una manera mucho más estrecha  a los gobernantes que a la gente normal por que “A quien mucho se le dio, mucho se le pedirá”. Por tanto ellos estaban convencidos de que su propio destino eterno iba a estar muy vinculado al número de almas de sus súbditos que consiguieran la salvación eterna. (No estaría de más que muchos gobernantes actuales pensaran en ello. Si no lo hacen, peor para ellos. Muchos se llevaran sorpresas terribles).

Es por ello que Isabel y Fernando tenían tanto celo religioso. Para ellos la salvación eterna de sus súbditos era el principal objetivo de su política antes que ningún otro como el bienestar económico o la seguridad de los habitantes de sus reinos (aunque también éstos fuesen objetivos suyos obviamente). Para ellos era impensable que unos reyes fueran “neutrales” en materia religiosa y que la religión católica fuese una más al mismo nivel que otras en sus reinos. En aquel tiempo eran igualmente impensables conceptos como “tolerancia interconfesional” o “laicidad” como algo deseable.

En una auténtica sociedad católica como la de aquel tiempo, los creyentes de otras religiones eran vistos como hoy la sociedad ve a los terroristas. Se daba por supuesto que la unidad católica de la sociedad era la condición imprescindible para la existencia ordenada, armónica y en paz de un reino. El “pluralismo” solo podía traer discordia, violencia y guerras civiles. La mentalidad de aquella época no podía ser más opuesta a la que ha prevalecido en nuestros días. De ahí el apoyo masivo del pueblo en aquella época a medidas como la expulsión de los judíos, el establecimiento de la Inquisición o la reforma de las órdenes religiosas, impulsada por los Reyes, mediante la egregia figura del Cardenal Cisneros.

La Inquisición, la expulsión de los judíos… En esos temas se ha cebado la leyenda negra antiespañola.

Esas medidas hay que verlas como parte de esa política de unidad católica como bien supremo.  Sobre los judíos hay que recordar que ya habían sido expulsados de Francia, Alemania e Inglaterra en tiempos medievales. Y la expulsión de 1492 no tuvo connotaciones “racistas” sino religiosas. A los judíos que quisieron convertirse sinceramente (y fueron miles) se les acogía como a cristianos sin ningún tipo de discriminación. De hecho hubo “conversos” que llegaron a altos puestos en la Corte. La Inquisición, por su parte, nunca persiguió a los judíos como tales sino a  los “judaizantes”, los falsos conversos que seguían siendo judíos en secreto. El objetivo era siempre preservar la pureza de la Fe. También las posteriores reformas de las órdenes religiosas tendrán ese objetivo. Y todo ello ayudó en gran medida a preservar a España, más tarde, de la entrada de la herejía protestante y de las terribles guerras civiles religiosas que casi destruyeron a Alemania y Francia en los siglos XVI y XVII.

Sobre la Inquisición concretamente se podrá pensar lo que se quiera pero los historiadores más rigorosos, españoles y extranjeros han reconocido que era un tribunal que, para la época, ofrecía una gran cantidad de garantías legales. Y desde luego las matanzas y persecuciones religiosas en Inglaterra, Francia o Alemania en esa época causaron muchas más víctimas que la Inquisición española.

El Descubrimiento de América fue otro momento cumbre del reinado.

Así es. Solo dos grandes reyes como Isabel y Fernando supieron captar la grandeza del proyecto de Cristóbal Colón. Y el principal objetivo, como siempre en su política, antes que cualquier beneficio comercial o estratégico fue misional y el ansia de convertir nuevas almas a Cristo. Esa será la gran diferencia entre el imperio Español y otros imperios coloniales posteriores como el británico, orientados únicamente a la explotación económica. Las Leyes de Indias, se aplicaran más o menos en la práctica son un monumento a la dignidad humana y España permitió un nivel de controversia ética y moral acerca de la licitud de sus conquistas (como han reconocido historiadores anglosajones como Hugh Thomas o Phillip Powell entre otros), muy superior a la de cualquier otro imperio hasta bien entrado el siglo XIX.

Como en cualquier obra humana hubo luces y sombras, hubo hechos lamentables y matanzas ocasionales pero en conjunto, diga lo que diga la leyenda negra, predominan las luces, como reconocen muchos historiadores y hoy pervive toda una civilización hispánica de cientos de millones de personas, con un gran componente indígena (impensable en otras latitudes), que es testimonio de ello. Y no hay que olvidar que la Conquista solo pudo hacerse gracias a la colaboración en muchos casos de pueblos indígenas que querían escapar de dominaciones mucho peores por parte de otros pueblos indígenas.

Fueron reyes muy queridos por el pueblo.

Cierto. Siempre tuvieron el apoyo, como reflejan los documentos y las crónicas, de las ciudades y sus representantes en las Cortes y la gente en el medio rural lo que quería precisamente era salir de los territorios de dominio señorial y entrar en los de realengo, o sea depender de la jurisdicción real y no de la nobiliaria. Isabel y Fernando contaron con los nobles, pero les arrebataron muchos de sus territorios sometiéndolos al poder político de la Corona. También codificaron las leyes de Castilla para ofrecer garantías al pueblo contra los abusos de los nobles. Durante años, un día por semana, los Reyes Católicos escuchaban en audiencia a cualquier persona, por modesta que fuera, para oír sus reclamaciones. (Algo que hoy sería impensable que hicieran  los gobernantes en nuestro régimen donde nos dicen que “el poder emana del pueblo”).

¿Cómo fueron los últimos años del reinado?

Isabel murió en 1504 y entonces se produjeron unos años de confusión sucesoria. Su única heredera viva era la infanta Juana, conocida como Juana la Loca por la enfermedad mental que convirtió su vida en un tormento. Juana estaba casada con el príncipe belga Felipe “El Hermoso”, hijo del Emperador alemán Maximiliano de Habsburgo y heredero del Sacro Imperio. Ello era producto de la política de alianzas de Fernando que había unido a España con Alemania para cercar a Francia, principal enemiga europea de Castilla y Aragón. Hay que recordar que el ejército hispano al mando de un gran general, Gonzalo Fernández de Córdoba, “El Gran Capitán”, había derrotado al francés estableciendo el dominio español en el sur de Italia.

La llegada a Castilla de Juana, muy sometida su marido Felipe, a su vez muy hostil a Fernando, acabó produciendo el “exilio” de Fernando en sus reinos originarios, de Aragón (aunque sin renunciar a sus derechos en Castilla). Fernando se casó a su vez con la princesa francesa Germana de Foix. Esto lo hizo para aumentar sus derechos al reino todavía independiente de Navarra que estaba gobernado  por la dinastia francesa de los Foix y para evitar una inminente invasión francesa contra el sur de Italia, dominado por Fernando. Esto ha sido un hecho polémico pues muchas veces se ha argumentado que si Fernando hubiera tenido un hijo con Germana (y de hecho tuvo uno en 1509, el príncipe Juan, que murió pocas horas después de nacer) se hubiera roto la unidad de los reinos de Castilla y Aragón, que había sido la obra de su vida. Sin embargo esto dista mucho de estar acreditado. Como han recordado historiadores como Merriman o John Elliott,  Fernando podría haber promovido a ese hipotético hijo como rey no solo de Aragón sino también de Castilla, ya que ese hijo habría sido un Trastámara a fin de cuentas. (Hay que recordar que tanto Isabel como Fernando eran miembros de la dinastía Trastámara, siendo primos lejanos).

Pero la Providencia en todo caso allanó el camino con la muerte de Felipe el Hermoso en 1506. Lo cual propició una segunda etapa de gobierno de Fernando en Castilla hasta su muerte en 1516, donde retomó toda la política unificadora de su época con Isabel. Política que fue coronada con la conquista de Navarra en 1512. El heredero de toda la Monarquía acabó siendo  su nieto Carlos de Habsburgo, el futuro Carlos V, hijo de Juana la Loca y Felipe el Hermoso.

Por último, aunque sea un ejercicio arriesgado, ¿Qué cree que pensarían Isabel y Fernando de la España de finales del XX  y principios del XXI?

Es arriesgado pero se puede hacer una proyección coherente. Sin duda deplorarían los intentos de romper la unidad de España. En este sentido les sorprendería totalmente lo ocurrido en Vascongadas en las últimas décadas por cuanto en su época Vizcaya y Guipúzcoa eran bastiones de lealtad. Tal vez lo que vemos en Cataluña en los últimos años les sorprendería menos. Al fin y al cabo Fernando, siendo príncipe heredero de Aragón en la década de 1460 ya había tenido que afrontar la rebelión de una Generalidad catalana oligárquica y corrupta. Aunque hay que dejar claro que en tiempos de los Reyes Católicos Cataluña tuvo una buena relación con la Corona. Catalanes participaron en la guerra de Granada cuya conquista fue muy celebrada en Barcelona. Isabel fue muy querida en Cataluña, según todos los testimonios.

Sin duda deplorarían profundamente el estado de apostasía religiosa general colectivo en España y Europa y serían incluso beligerantes contra todos los poderes que atacan la Religión y más aún, promueven el Islam en Europa. Es muy dudoso que entendieran el papel de las monarquías en la Europa actual reducidas a un papel decorativo y sometidas al sistema oligárquico partitocrático. Precisamente Isabel y Fernando habían luchado en su momento contra algo parecido, las ambiciones de la alta aristocracia por dominar totalmente Castilla y someter a reyes débiles (como le había pasado al hermanastro de Isabel, Enrique IV). Y hoy probablemente el equivalente histórico a lo que entonces eran los clanes aristocráticos y sus legiones de “clientes”, sean los grandes partidos, oligárquicos y corruptos, que dicen representar al pueblo y se creen con derecho eterno a gobernarle y vivir a su costa, rodeados, eso sí, de privilegios, inalcanzables para ese pueblo al que dicen representar.

Javier Navascués Pérez