Estamos en una encrucijada de la Historia: la lucha entre los islamistas y Occidente.

William Kilpatrick Proyecto Turning Pointy Acción y Familia . – 150618.- Me atrevo a decir que a la mayoría de las personas que conocen la historia les gustaría pensar que si hubieran estado presentes en algún momento crucial de la historia, habrían elegido el lado correcto: con los Aliados y contra el Eje; con Wilberforce y contra los traficantes de esclavos; con los romanos y contra los cartagineses sacrificadores de niños. Es hora de elegir en la lucha entre el Islam y Occidente.

Si hubiera vivido en ese entonces, nos decimos a nosotros mismos, habría peleado con el lado correcto, sin importar las probabilidades.

Bueno, ahora es tu oportunidad. Porque parece que estamos en uno de esos momentos cruciales, posiblemente en uno de los puntos de inflexión más importantes de la historia, y probablemente uno de los más peligrosos. Tendemos a pensar que los puntos de inflexión históricos en general implican un avance hacia un plano superior: un giro para mejor, en lugar de un empeoramiento. Pero ese no es siempre el caso. A veces, el péndulo de la historia oscila hacia atrás y corta siglos de progreso. El punto de inflexión en el que nos encontramos ahora amenaza con hacer retroceder más de mil años, a algunos de los días más oscuros de la historia. Es posible que pronto estemos peleando por cosas que pensamos que se habían asegurado para siempre: conceptos básicos como la libertad de religión, la libertad de expresión e incluso la libertad de la esclavitud.

El punto de inflexión al que me refiero es la lucha civilizadora entre el Islam y Occidente (reconociendo, por supuesto, que gran parte de la tradición occidental ha sido adoptada por personas que viven fuera de los límites geográficos tradicionales de Occidente). Desde un punto de vista más amplio, la lucha puede describirse con mayor precisión como un conflicto entre el cristianismo y el islam, porque si Occidente pierde su alma cristiana, también perderá la capacidad y la voluntad de defender sus libertades.

Por supuesto, algunas personas niegan que haya un “choque de civilizaciones”. Todas las religiones y todas las culturas quieren lo mismo, dicen, y nos aseguran que el pequeño grupo de alborotadores en el mundo musulmán no representa a la gran mayoría.

Pero una y otra vez, las encuestas han demostrado que la mayoría de los musulmanes quieren ser gobernados por la ley de la sharia, un retroceso al severo sistema legal que se desarrolló en la Arabia del siglo VII. Contrariamente a las expectativas “ilustradas”, resulta que un gran número de musulmanes en muchos lugares favorecen los castigos crueles e inusuales por robo, adulterio, blasfemia y apostasía.

Eso es lo que quieren para sus compañeros musulmanes que se extravían. Pero si no eres musulmán, no tienes que descarriarte para ser castigado. La simple existencia de judíos, cristianos y otras minorías es considerada una afrenta por muchos musulmanes. Como resultado, la discriminación contra los no musulmanes es endémica en el mundo musulmán. No se puede culpar a una pequeña minoría de intolerantes, porque casi todos ‒incluidos la policía, los funcionarios del gobierno, los empleadores y los vecinos de al lado‒ esperan que los incrédulos conozcan su lugar.

Judíos y cristianos entendieron el mensaje hace mucho tiempo. Es por eso que quedan tan pocos en lugares que solían ser sus países de origen: en Medio Oriente, África del Norte y Turquía. Para aquellos que no se van voluntariamente, la persecución diaria silenciosa a veces estalla en violencia organizada. Ese fue el caso en el genocidio de 1914-1923 contra los cristianos armenios, asirios y griegos que vivían en el Imperio Otomano; en la masacre de 1933 de cristianos asirios en Simele, Irak, y en el Farhud de 1941 (pogrom) contra la población judía de Bagdad. En años más recientes hemos sido testigos de la masacre de cristianos y yazidíes por ISIS en Siria y el norte de Irak, las numerosas masacres de cristianos llevadas a cabo por Boko Haran en el norte de Nigeria y por al-Shabaab en Somalia y Kenia, y los frecuentes ataques contra Iglesias cristianas coptas en Egipto.

“Testigo” puede ser una palabra demasiado fuerte. Muchos en Occidente simplemente notaron estas atrocidades, y luego continuaron con sus actividades como si nada hubiera sucedido. Pero, parafraseando a Trotsky, “puede que no le interese el choque de civilizaciones, pero el choque de civilizaciones está interesado en ti”.

Durante mucho tiempo, las personas en los Estados Unidos y Europa pudieron ignorar las barbaridades en África, Irak y otros lugares. Pero luego el choque de civilizaciones se movió hacia el norte y hacia Europa. Cuando el “choque” hizo su aparición en las calles de París, en los mercados navideños en Alemania y en una sala de conciertos en Manchester, solo los ciegos voluntarios pudieron no darse cuenta.

Pero, aparentemente, hay muchos de esos. En Europa, Estados Unidos y Canadá, las élites del gobierno, los medios, los ambientes académicos e incluso la Iglesia continúan insistiendo en que no hay choque. Eso es verdad en cierto sentido. No puedes tener un enfrentamiento si sólo un lado está luchando. Y hasta ahora, el retroceso frente a la jihad, tanto de la variedad armada como la de tipo sigiloso, ha sido débil. Las élites ni siquiera vislumbrarán el primer paso obvio: restricciones estrictas a la inmigración musulmana.

Además, hacen todo lo posible para encubrir el choque. A la policía no se le permite informar sobre la gravedad de la delincuencia de los inmigrantes; los medios informativos no publicarán noticias sobre los crímenes, a menos que sean excepcionalmente violentos; los críticos del Islam o de la inmigración serán llevados ante los magistrados y los ciudadanos comunes que publiquen comentarios “islamofóbicos” en Facebook son visitados por la policía.

La ceguera autoimpuesta de Occidente a lo que está sucediendo nos obliga a otra observación sobre el punto de inflexión histórico que se está desarrollando en la actualidad. La batalla no es simplemente una lucha de civilizaciones entre el Islam y Occidente; también implica una guerra dentro de la propia civilización occidental. Muchas de nuestras instituciones occidentales ahora rechazan la herencia occidental, y muchas de ellas se han puesto efectivamente del lado del Islam.

En casi cualquier tema que involucre un conflicto entre el Islam y los valores occidentales tradicionales, las escuelas, los medios de comunicación, los tribunales y muchas de las iglesias están de acuerdo con el Islam. Puede que no lo vean de esa manera. Pueden racionalizar sus acciones como nada más que una defensa de los derechos civiles de los musulmanes. Muchos de ellos probablemente no estén familiarizados con el concepto de la yihad sigilosa. Pero la están facilitando de la misma manera. La forma principal de esta facilitación es la supresión de cualquier mala noticia sobre el Islam. Así, en 2012, el Congreso se negó a investigar la penetración de la Hermandad Musulmana en agencias gubernamentales; y en el mismo año, el FBI, el Pentágono y otras agencias de seguridad, se doblegaron ante la presión musulmana y purgaron sus materiales de entrenamientode cualquier sugerencia de que los terroristas islámicos estaban motivados por una ideología. Más recientemente, gigantes de los medios tales como Google, Facebook y Twitter han actuado para sofocar las voces de aquellos que hablan en contra de la opresión islámica.

Podría citarse otras numerosas instancias de este impulso casi suicida para ponerse del lado de nuestros enemigos ideológicos: los jueces que bloquean las restricciones a la inmigración musulmana, los obispos que se inscriben en la campaña engañosa contra la “islamofobia” y la donación de mil millones de dólares del gobierno de Obama a Irán.

Con algunas excepciones, estos colaboradores de la jihad cultural son progresistas laicos. A pesar de su apodo, sin embargo, los progresistas pueden ser decididamente retrógrados. Abogan por el aborto en todas las etapas del embarazo, una práctica que sugiere que la distancia entre nosotros y los cartagineses que sacrificaron niños no es tan grande como podemos pensar. Los progresistas prometen llevarnos al futuro, sin embargo, a menudo actúan para arrastrarnos al pasado. Varias voces progresistas ahora quieren restricciones severas a la libertad de expresión. Esto ya ha sucedido en los campus universitarios donde los códigos de odio sofocan de manera efectiva la libertad de expresión. El estudiante universitario promedio de hoy no tiene más libertad de expresión que una mujer que servía en la corte de Cleopatra. Los progresistas “ilustrados” que manejan Google, YouTube y Facebook tampoco ejercen mucho el uso de la libertad de expresión. Los críticos del Islam son particularmente susceptibles de ser restringidos, suspendidos o prohibidos por estos monopolios de Internet.

Esta es la situación en resumen. Nos encontramos en uno de las principales encrucijadas de la historia. Dos poderosas fuerzas de regresión amenazan con arrastrarnos a un oscuro pasado. Por un lado, los islamistas quieren imponer el sometimiento de las mujeres, la mutilación genital femenina, la esclavitud sexual, las decapitaciones y la dhimmitud (ciudadanía de clase dominada) para los no creyentes. Por otro lado, sus colaboradores progresistas de alta tecnología están diezmando a las poblaciones no musulmanas, promoviendo la anticoncepción y el aborto, al tiempo que controlan el flujo de información sobre el Islam, usando estrategias de supresión de la libertad de expresión que ningún monarca absoluto podría haber imaginado.

Si alguna vez has deseado haber estado en uno de los momentos decisivos de la historia, tu deseo ha sido concedido. Y si alguna vez has deseado estar del lado de los acosados, este deseo también le ha sido otorgado. Las fuerzas de la regresión están en ascenso, y la civilización cristiana está en retirada.

Ahora es el momento de elegir.

No diré que la elección es clara. Se ha hecho mucho para enturbiar las aguas, para asegurarnos de que permanezcamos confundidos y complacientes. Además, pocas cosas quedan completamente claras cuando te atrapan en medio de los acontecimientos. Para muchos judíos a principios de la década de 1940, su situación solo quedó completamente clara cuando fueron llevados a campos de concentración. Para muchos estadounidenses en 1941, la situación mundial sólo se hizo evidente con el ataque a Pearl Harbor. Aquellos que esperan una claridad absoluta, a menudo encuentran que han esperado demasiado tiempo.

Aunque los medios para ofuscar la verdad son mucho más sofisticados ahora que en la década de 1940, aún tenemos una marcada ventaja sobre nuestros homólogos en esa época. Tenemos mucha más perspectiva histórica de la que estaba disponible para ellos. Por ejemplo, cuando los nazis construyeron su máquina militar en la década de 1930, no hubo una historia de mil años de agresión nazi que sirviera de advertencia. El partido Nazi tenía poco más de una década, y Hitler no había llegado al poder hasta 1933. Hubo alguna excusa para aquellos que inocentemente dieron a los nazis el beneficio de la duda.

Nosotros, por otro lado, tenemos muy pocas excusas para ignorar los signos del tiempo. Para aquellos que estudian historia, son signos muy familiares. El Islam tiene una historia de agresión de 1.400 años. Y el plan de batalla ha sido notablemente constante a lo largo del tiempo, incluso la migración como medio de invasión. El último episodio de ese plan de 1.400 años de antigüedad para la conquista mundial en nombre de Alá, ya comenzó. Estamos presenciando una notable expansión del Islam en todos los rincones del mundo: África, Australia, Filipinas, China, Rusia, Europa, América del Norte y del Sur.

Sólo que esta vez las fuerzas poderosas del progresismo izquierdista ayudan e instigan a las fuerzas del Islam. Anteriormente, mencioné algunas de las formas en que los izquierdistas defienden el Islam. Aquí hay otra. Hace un año, después de pronunciar una conferencia en Islandia sobre la amenaza de la jihad, el autor Robert Spencer fue envenenado por un izquierdista y luego se le negaron el examen y el tratamiento adecuados por un médico en la sala de emergencias (también ideólogo de izquierda). Aunque ha transcurrido más de un año, la policía no ha tomado ninguna medida contra el presunto envenenador, y el Comité de Ética Médica de Islandia no ha tomado ninguna medida contra el doctor negligente.

Izquierdistas dedicados e islamistas comprometidos: es una combinación difícil de superar. Ambos creen firmemente en lo que creen. A menos que los cristianos crean firmemente que ellos deben ser detenidos, ambos continuarán expandiéndose. Estamos en un punto decisivo en la historia.

Elegir permanecer al margen solo sirve para aumentar las probabilidades de que estas fuerzas regresivas triunfen.

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El totalitarismo separatista quiere sepultar la historia. Entrevista a Rafael María Molina.

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El totalitarismo separatista trabaja desde hace años, a marchas forzadas para sepultar la verdadera historia en la fosa del olvido. Así las nuevas generaciones se rendirán crédulas al mito prefabricado en las factorías del engaño. Saquemos a la luz sin miedo la verdad de la historia y dejemos en evidencia el fraude.

Entrevistamos nuevamente al historiador Rafael María Molina para ahondar en estas cuestiones.

¿Cómo se materializa el intento nacionalista por dominar totalmente el alma y la mente de los catalanes?

El nacionalismo catalán, desde el principio de esta ideología a finales del XIX y ahora más que nunca, ha intentado e intenta sepultar y erradicar cualquier tradición histórica, social, cultural y política para que el nacionalismo sea el único discurso político y simbólico en esta región. Así, por ejemplo, la memoria de tradiciones políticas diversas que fueron muy importantes en la historia contemporánea de Cataluña como el carlismo, el liberalismo progresista del XIX, el monarquismo liberal, el republicanismo federal o el unitario lerrouxista e incluso el anarquismo revolucionario se encuentran hoy oficialmente proscritas o muy marginadas.

Eran tradiciones políticas muy distintas y enemigas incluso, pero tenían en común que no negaban la españolidad de Cataluña. Por eso están hoy oficialmente marginadas. Mientras, por el contrario, hay una multitud de calles, plazas, monumentos, placas y homenajes simbólicos a todo tipo de personajes nacionalistas catalanes del último siglo, aunque se trate de personajes de quinta categoría a quienes casi nadie conoce. Pueden ser personajes conservadores o de izquierdas pero siempre que sean nacionalistas.

¿Qué consecuencias tiene en el presente este intento por monopolizar el discurso histórico y simbólico?

El nacionalismo catalán, por su propia esencia no tolera la presencia de nada que recuerde la auténtica historia de Cataluña, católica e hispánica. Ni puede convivir con respeto con otras visiones de Cataluña y de España. Necesita aplastarlas. Ya tratamos en otra entrevista la cuestión de la manipulación de la historia como componente fundamental del nacionalismo catalán. Y es que, como se trata de una ideología de naturaleza totalitaria, no solo intenta dominar el presente sino condicionar todo el relato histórico, aunque para ello tenga que ignorar una multitud de figuras y hechos históricos que no concuerdan con sus tesis.

O incluso ignorar siglos enteros, como el XVI, el XVIII a partir de 1714 o el 90% del siglo XIX como ha señalado con acierto recientemente el profesor Barraycoa. Todo ello con la evidente intención de convencer a los catalanes de que la única cosmovisión que deben adoptar es la nacionalista.

En los últimos tiempos se advierte una tendencia cada vez más preocupante y creciente por parte de los nacionalistas por someter, incluso hacer desaparecer, de hecho, a la propia religión Católica, vaciándola y convirtiéndola en un instrumento más al servicio del nacionalismo catalán.

Así es, por desgracia. Está más que denunciado y demostrado por los autores más solventes como el nacionalismo catalán ha sido el perfecto catalizador para provocar el hundimiento de la Fe católica en esta tierra, antaño cuna de tantos santos y hoy totalmente descristianizada y donde ya se anuncian los primeros y muy preocupantes síntomas que apuntan al futuro predominio del islam. En la Cataluña rural, antaño bastión carlista y católico, el cristianismo se halla totalmente invisibilizado mientras la presencia política y simbólica independentista está omnipresente. La práctica religiosa y la asistencia a Misa en esas zonas está en mínimos históricos y es la menor de la Europa de hoy. Los seminarios están desiertos. Todo ello coincidiendo con la extensión del nacionalismo allí.

Más triste aún si cabe es que parte de la Iglesia en Cataluña haya colaborado en ello, incluidos algunos obispos. Últimamente este fenómeno se está acelerando y ya vemos como los actos públicos religiosos en la Cataluña interior o han desaparecido o se están convirtiendo en actos políticos nacionalistas como ha pasado en la Patum de Berga y en otros similares.

Los fieles asisten desconcertados a esta apostasía colectiva y se esfuerzan por mantener su Fe en difíciles condiciones. Incluso los símbolos religiosos más queridos tradicionalmente en Cataluña como la Virgen de Montserrat han sido profanados y blasfemados impunemente por el nacionalismo En el fondo lo que ocurre es que el nacionalismo catalán ya no puede convivir ni con la religión católica pues no tolera otra cosmovisión que la suya propia. Incluso en ocasiones parece configurarse como una especie de religión idolátrica.

¿Es posible un catalanismo moderado que no busque la división y el enfrentamiento ente catalanes y con el resto de los españoles?

Pueden darse intentos, pero la realidad es que la historia de este último siglo parece dejar claro que no es posible un catalanismo” moderado”. A menos que se considere como tal al pujolismo del cual ya hemos visto cuál era su “moderación”; 23 años preparando a conciencia la desespañolización de Cataluña hasta desembocar en un proceso abiertamente separatista.

De ahí que los intentos por conformar un catalanismo “moderado”, más constructivo y abierto a España han acabado siempre en un rotundo fracaso. Así ocurrió con la Lliga Regionalista de Cambó a principios del siglo XX y en nuestros días con la Unió Democratica de Duran Lleida. Y es que, tratándose de una ideología totalitaria, la propia esencia del nacionalismo catalán le lleva a intentar imponer su proyecto a cualquier precio y a toda costa, marginando, sometiendo o haciendo desaparecer a todas las demás cosmovisiones.

Javier Navascués

Curas, monjas y secesionismo.

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Entre el 13 y el 18 de septiembre de 1971 tuvo lugar en Madrid la famosa asamblea conjunta de obispos y sacerdotes. El día 15 se puso a votación una propuesta que acaparó un inusitado interés en la prensa: “Así, pues, reconocemos humildemente y pedimos perdón porque nosotros no supimos a su tiempo ser verdaderos ministros de reconciliación en el seno de nuestro pueblo, dividido por una guerra entre hermanos“. La proposición, aunque obtuvo un importante número de votos, no alcanzó los dos tercios requeridos para incorporarse al documento final. Pero queda como testimonio.

El clero católico reconoce que no supo ser instrumento de reconciliación porque, sencillamente, optó por un bando. ¿No es eso lo que está pasando a una parte del clero en Cataluña? Monjes de Montserrat sermoneando sobre el “procés”, monjas del Císter con lacitos amarillos, capuchinos de Sarriá que organizan ayunos por los políticos presos, parroquias con carteles de “libertad presos políticos”, campanarios con esteladas, manifiestos de curas contra la justicia española y hasta un obispo recomendando que se toquen las campanas para que nadie se olvide de acudir a un referéndum ilegal. Un clero que se ha despojado de cualquier signo externo de su condición sacerdotal o religiosa, pero lleva bien visible el signo de ser “indepen”. Cruces ninguna, pero lacitos y eslóganes, todos.

Esta fronda clerical que, por cierto, se considera muy progre, está tomando descaradamente partido. No está siendo lo que sus predecesores de 1971 lamentaban. Y no por una causa que supera banderías y partidos, sino para ponerse al lado y convertirse en propagandistas del relato que unos determinados partidos políticos hacen sobre cuestiones que son discutibles y temporales y que legítimamente pueden defender los católicos en el ámbito de su libertad personal, pero sin mezclar a la Iglesia. Un ejemplo, entre muchos:  Justicia y Paz, organismo dependiente de la diócesis de Barcelona, ha publicado una nota que reproduce literalmente el relato de los partidos independentistas. De lo que opinan los otros partidos entre los que militan muchos católicos, nada.

Por supuesto que los clérigos, monjas y católicos “oficiales” catalanes pueden tener sus ideas políticas. Faltaría más. Y cada sacerdote, religioso o laico puede defender sus puntos de vista como ciudadano. Pero no se actúa con honestidad cuando, para exponer una idea política, se utiliza una homilía, un templo o una institución católica como altavoz. Se divide y renuncia a ser instrumento de reconciliación y convivencia.

En la diócesis de Barcelona fue muy criticado un párroco porque permitía una participación destacada de exlegionarios con sus uniformes e himnos militares en una procesión de Semana Santa organizada por la parroquia de la que era titular. El arzobispo lo ha apartado de sus funciones. ¿Se ha actuado igual con los clérigos que politizan sus funciones ministeriales en otro sentido? Ni tan solo fue sancionado el sacerdote de la diócesis de Tarragona que “blanqueó” el referéndum ilegal permitiendo la votación y escrutinio dentro de la celebración de la Misa.

La politización de una parte del clero no es algo nuevo en la Historia de España. Al contrario, es una constante que aparece continuamente. Ya se ve que es una tentación difícil de superar. Y el tomar partido, consecuencia de esa politización, un mal endémico del catolicismo español. Eso es lo que en otros términos se llama clericalismo, es decir, la invasión de los clérigos en el ámbito temporal abusando de la autoridad moral de ser sacerdotes o de querer monopolizar la que consideran única solución católica a los problemas políticos o sociales. Y ese clericalismo ha tenido y tiene consecuencias muy graves para la propia Iglesia.

El equivalente de las revoluciones liberales europeas en España fueron las Cortes de Cádiz y su famosa Constitución (1812). A diferencia de la revolución francesa que en su fase jacobina persiguió con saña a la Iglesia, el liberalismo español no nació hostil al catolicismo, sino todo lo contrario. Los diputados de Cádiz eran católicos practicantes y el primer Estado moderno que crearon fue liberal y católico. Esa colaboración entre catolicismo y liberalismo ocurrió también en otros países, por ejemplo, en Bélgica, pero allí la evolución posterior mantuvo esta buena relación. En España, se truncó.

Ese inicio más que amigable de Cádiz, se oscureció con el pleito dinástico a la muerte de Fernando VII (1833), con la aparición del carlismo o tradicionalismo. Una parte del clero, con sermones, panfletos, discursos y a veces con armas (como el cura Santa Cruz), se puso al lado del pretendiente Don Carlos y en contra de la reina que sostenían los liberales, Isabel II. Empezó un duro ataque al liberalismo por parte de una parte del clero. La reacción antiliberal fue encabezada por el llamado Filósofo Rancio, Francisco Alvarado y, sobre todo, el P. Rafael Vélez autor de la Apología del Altar y del Trono (publicado en 1818), que sería el vademécum del antiliberalismo. El Filósofo Rancio era dominico y el P. Vélez, capuchino. Como fueron precisamente los religiosos los más hostiles al liberalismo, las órdenes religiosas pagaron con su supresión y las desamortizaciones la hostilidad al nuevo régimen liberal.

En 1851 se llegó a una paz religiosa con el Concordato, pero la división ya estaba hecha y una parte del clero, a pesar de los privilegios concedidos por el denostado liberalismo a la Iglesia, continuó manteniendo sus simpatías hacia el carlismo. Tres guerras carlistas, la primera y la tercera muy sangrientas, certificaron la profunda división de la sociedad española y de la propia Iglesia. Los clérigos carlistas, por cierto, muy numerosos en Cataluña, no pararon en fustigar a los liberales. Los católicos que, legítimamente, participaron en el Estado liberal eran tachados de “mestizos”. En 1884 Sardà i Salvany, un clérigo carlista catalán, llega todo lo lejos que se puede: como el liberalismo es pecado (título de su libro más famoso), los católicos liberales son pecadores y herejes. La única doctrina política compatible con el catolicismo es el carlismo. Más partidismo, imposible.

Pero que hubiera este tipo de clérigos, por abundantes que fueran, sería un problema menor si los obispos hubieran intervenido para aclarar las cosas. Pero no lo hicieron. Nadie desautorizó desde la jerarquía eclesiástica el famoso libro de Sardà y Salvany. Sólo un canónigo de Vic se atrevió a refutarlo y, encima, tuvo problemas con la autoridad eclesiástica. Ningún obispo salió públicamente en defensa de los católicos “mestizos”. Los obispos, aunque vivían una cómoda situación concordataria con el Estado liberal, no hicieron nada para decir algo tan obvio como que los católicos eran libres en sus opciones políticas siempre que no atentaran contra la doctrina de la Iglesia. Tuvo que intervenir el Papa León XIII para pedir unidad a los católicos españoles.

¿Cuáles fueron las consecuencias de este partidismo clerical? Varias y profundas. Señalaré la que me parece más grave: la desafección de no pocos católicos españoles – sobre todo intelectuales y políticos. Alejamiento que se fue agudizando con los años y derivó en un anticlericalismo distinto al de la izquierda marxista o anarquista: la reclamación de un Estado laico, que no quería decir antirreligioso y mucho menos anticristiano. Un Estado en que los clérigos carecieran de los apoyos del propio Estado para atacar al mismo Estado. Los católicos que siguieron fieles a su fe y al liberalismo, Canalejas, por ejemplo, buscaron fórmulas para separar amistosamente Iglesia y Estado, para conseguir la anhelada “Iglesia libre en un Estado libre”. Canalejas, que poseía un oratorio privado en su propia casa, fue objeto de una campaña durísima de las masas católica bien jaleadas por los clérigos “del otro bando”.

En no pocos casos, esa desafección fue fruto de una profunda crisis de conciencia. Tal es el caso de los católicos que acabaron en el krausismo, desde mediados del siglo XIX. Sanz de Río, introductor del krausismo fue seminarista, Fernando de Castro, sacerdote católico, y Francisco Giner de los Ríos, el krausista más conocido y fundador de la Institución Libre de Enseñanza, fue católico practicante hasta la edad adulta. Todos ellos sufrieron una crisis interior al no poder compaginar la fe con sus convicciones políticas. Abrazaron el krausismo porque esa filosofía les suponía una ruptura light con el cristianismo: mantuvieron la fe en un Dios personal, en la oración, en la inmortalidad del alma y consideraron el cristianismo la moral más excelsa de la humanidad.

La crisis existencial de estos intelectuales, que arrastraron a otros muchos, derivaba, entre otros factores, de sentirse incomprendidos por una Iglesia que, al menos parcialmente, había tomado partido y proclamaba desde el púlpito que el liberalismo es pecado. ¿Qué debían sentir estos hombres? ¿Qué siente un católico no independentista cuando va a Misa a Montserrat y se encuentra con un mitin político en la homilía? ¿O cuando va rezar a un monasterio contemplativo de monjas con lacitos amarillos? ¿O va a una parroquia de Barcelona en cuya puerta hay una gran pancarta política? ¿O se encuentra con banderas independentistas en los campanarios de un templo que es un lugar de oración? ¿O ve a un obispo participando en un referéndum ilegal? Y, lo peor, ¿cuándo ve que los obispos otorgan, porque callan?

Mi pregunta es si los obispos españoles y, en concreto, los catalanes, son conscientes que esa desafección ya está pasando de nuevo. La conferencia episcopal española y los obispos catalanes han publicado unas declaraciones sobre la situación en Cataluña. Dejando de lado alguna frase discutible, apuestan por ser instrumento de concordia. Pero en ningún momento han desautorizado a los clérigos que siguen anclados en un clericalismo trasnochado pero activo, en un partidismo escandaloso. No se trata de restringir la libertad de expresión que tiene todo ciudadano sea cual sea su estado civil. Se trata de cortar los abusos de poder cuando están utilizando los templos, que no son de su propiedad, para hacer política y política “de un bando”.

En la diócesis de Barcelona fue muy criticado un párroco porque permitía una participación destacada de exlegionarios con sus uniformes e himnos militares en una procesión de Semana Santa organizada por la parroquia de la que era titular. El arzobispo lo ha apartado de sus funciones. ¿Se ha actuado igual con los clérigos que politizan sus funciones ministeriales en otro sentido? Ni tan solo fue sancionado el sacerdote de la diócesis de Tarragona que “blanqueó” el referéndum ilegal permitiendo la votación y escrutinio dentro de la celebración de la Misa.

¿Son conscientes los obispos catalanes que se está gestando un nuevo anticlericalismo en ámbitos políticos hasta ahora no hostiles al catolicismo? Me refiero al anticlericalismo que surge en zonas del centro derecha español tentados a dejar de defender el statu quo actual de la Iglesia en España. ¿Para qué concertar centros docentes religiosos cuando sus instalaciones se utilizan para un referéndum ilegal o sus titulares con una mano piden dinero al Estado y con otra contribuyen a romperlo? ¿Para qué mantener acuerdos con una Iglesia que en un momento especialmente grave de la Historia de España mira hacia otra parte cuando sus templos y sus agentes se comportan deslealmente con un Estado que la protege?

Los obispos pueden mirar hacia otro lado, como hicieron en el siglo XIX con el carlismo. Pero las consecuencias están en la Historia. No pueden mirar el corto plazo, han de saber que el futuro del catolicismo español pasa por lo que ahora hagan. Los obispos del siglo XIX no condenaron el clericalismo carlista, lo dejaron crecer, y el resultado fue la confluencia de dos anticlericalismos: el más radical y clerófobo de marxistas y anarquistas y el laicista de una buena parte del liberalismo que, a la sombra del krausismo, fue construyendo una alternativa de fondo religioso pero distante del catolicismo. El resultado fue la radical política antirreligiosa de la Segunda República en donde confluyeron compartiendo el poder los dos anticlericalismos.

Y después vino una cruel guerra civil, que, para ambos bandos, fue una Cruzada: en uno para acabar con rojos y separatistas que quemaban las iglesias y en otro para liberarse definitivamente de la Iglesia. En ningún país de Europa occidental hubo en el siglo XX un enfrentamiento con características religiosas (o antirreligiosas) tan sangrienta como en España. Quizás porque en ningún otro hubo un clericalismo tan tolerado como en España.

En 1971 los obispos y sacerdotes se arrepintieron de haber contribuido a dividir España en dos bandos y, lo que es peor, ponerse al lado de uno. Y no me refiero solo a la guerra civil, en donde la cruel persecución religiosa no ofrecía muchas alternativas a la Iglesia. El problema viene de antes, de los bandos se formaron a lo largo del siglo XIX. Las dos Españas se gestaron mucho antes de la guerra civil.

Ahora hay dos Cataluñas. Afortunadamente el grado de enfrentamiento es menor que hace un siglo, pero la fractura social y la división son bien patentes. No sabemos cómo va a evolucionar esta pugna, pero hay una cosa que la Historia enseña: los eclesiásticos, aunque sean una minoría, no pueden tomar partido cuando ambos bandos defienden ideas que, aún siendo muy contrapuestas, son legítimas. Por eso, el papel de la jerarquía es crucial. Si quiere salvar su deuda con la Historia ha de ser, de verdad, instrumento de reconciliación y eso no es creíble mientras calle cuando se usa el nombre de Dios, de la Iglesia o de sus instituciones en vano.

Felipe José de Vicente Algueró
Publicado en Floridablanca.

 

“El separatismo es la nueva religión de Cataluña”. Afirma el jurista Jesús Lainz en esta entrevista.

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Cuando vives en Cataluña compruebas con dolor y repugnancia lo politizado que está buena parte del clero catalán fanatizado en pos de una causa sediciosa y antiespañola venerando a la “nació catalana” como un ídolo. El monasterio de Montserrat sigue siendo un nicho ulceroso de independentismo, 300 sacerdotes se manifestaron a favor del separatismo, se ha votado en medio de una Misa, algunos obispos se han posicionado claramente a favor de la independencia con manifiestos infumables alentando el supuesto derecho a decidir y a favor de los políticos justamente presos. Muchos colegios religiosos adoctrinan contra España, gran parte del personal del obispado de Barcelona portan sus ridículos lazos amarillos…y así podíamos seguir hasta el infinito mostrando la evidencia de una gran traición.

Jesús Lainz Jurista de formación y escritor de vocación. Desde 1998 ha publicado varios cientos de artículos de opinión política y cultural en los principales medios escritos de España. He pronunciado multitud de conferencias y participado en numerosos seminarios y mesas redondas. Su último libro, publicado en septiembre de 2017, es El privilegio catalán. 300 años de negocio de la burguesía catalana. En esta entrevista analiza algunos aspectos de la realidad política catalana y su origen histórico.

Lamentablemente el adoctrinamiento separatista en una gran parte de colegios y universidades en Cataluña es una realidad….

Éste es uno de los elementos claves del catalanismo desde sus orígenes a finales del siglo XIX: la concepción de la educación como adoctrinamiento, mejor cuanto más pequeños sean los niños, pues, como dejaron escritos sus ideólogos, el barrio es más fácilmente modelable cuanto más joven. Por eso tuvieron tanto interés en arrancar las competencias de educación durante las negociaciones constitucionales y estatutarias. La apuesta de Jordi Pujol, muy consciente de que en 1978 no habría contado con una mayoría separatista en Cataluña, fue preparar a las nuevas generaciones para que fueran ellas las que declararan la independencia. Y, vistos los resultados, hay que reconocer que lo hizo muy bien.

Es sintomático que muchos colegios religiosos de Barcelona son los que más adoctrinan….

Los eclesiásticos catalanes han demostrado una extraordinaria capacidad para adaptarse a los tiempos. En 1936 fueron entusiastas partidarios del bando nacional, empezando por el cardenal primado de España, Isidro Goma, y el también cardenal Pla y Deniel. En 1960 también se apuntaron con entusiasmo al marxismo, al igual que sus colegas vascos, muchos de los cuales estuvieron entre los fundadores de ETA. Y ahora toca apuntarse al separatismo, así que ahí están ellos, siempre fieles a la última moda.

¿Cómo valora el hecho de que 300 sacerdotes firmasen a favor de la independencia?

Simplemente como la lógica consecuencia de lo explicado anteriormente. Ellos también son el producto del adoctrinamiento totalitario separatista.  Incluido el obispo Novell, que votó en el falso referéndum y se declara abiertamente separatista y tantos otros. Es más fácil encontrar dignidad y coherencia entre los sacerdotes que entre las jerarquías. Muchos grupos de Iglesia cuentan con separatistas entre sus filas como en cualquier otro ámbito de la sociedad: grupos deportivos, montañeros, folclóricos, culturales o de cualquier tipo. En eso consiste el totalitarismo, en politizar cualquier ámbito, por alejado que debiera estar, en principio, de la política.

Se dieron esperpentos como votar ilegalmente en medio de una Santa Misa que recuerdan a la religión del Estado de la Revolución francesa….

El catalanismo es la nueva religión que ha venido a sustituir al cristianismo. Cada día es más difícil creer en Dios, por eso se le sustituye con cualquier cosa para llenar el vacío que a mucha gente le resulta incómodo. Ya lo advirtió Chesterton hace un siglo. Por eso las iglesias catalanas están cada día más vacías.

Podría hablarnos de los antecedentes históricos de esta rebelión…

El gran apogeo de los nacionalismos y separatismos surgió como una desviación de la reacción regeneracionista de la España de finales del S. XIX ante una de las épocas peores de nuestra historia. Los intelectuales de la generación del 98 querían que España reaccionase para superar ese fracaso. Por contra en Cataluña y País Vasco, las dos regiones más industrializadas, empezó a fraguarse la idea de separarse de España. El separatismo cobró vida en aquellos lugares que tenían un mayor orgullo regional por el éxito y privilegios de los que disfrutaban y también, por la recuperación de las lenguas regionales. El orgullo por una lengua y por una riqueza desencadenaron el nacionalismo. Aunque la burguesía vasca más importante, industrial y bancaria, se mantuvo españolista.

Así es y el caso más llamativo fue Cataluña, la región más imperialista, más belicista y más patriótica del S.XIX. Estaban en primera línea a la hora de defender España como se ve claramente en las guerras de Cuba y Marruecos. La propia prensa catalana alentaba a no ceder un solo milímetro a los separatistas cubanos. Sin embargo, esa misma prensa, al día siguiente de la derrota del 98, dijo: “España es un barco que se va al fondo del mar, tenemos que romper amarras”. Empezaron a desmarcarse de aquellos grandes ideales que con tanto afán habían apoyado.

El caso de la prensa catalana es muy llamativo. Incluso los rotativos de extrema izquierda defendían los intereses españoles.

Sí, pero, sin embargo, en tan solo unos días se olvidaron de eso y echaron la culpa al resto de los españoles, como si los catalanes no hubieran tenido nada que ver con ello. Luego cuando le convino, por miedo a los revolucionarios, la burguesía catalana volvió al nacionalismo español en 1923 apoyando el golpe del general Primo de Rivera y en 1936 a Franco.

¿Quiénes son los grandes ideólogos de los tiempos actuales? 

Todo surge con el gran adoctrinamiento y envenenamiento de los corazones efectuado con tenaz constancia por Convergència i Unió desde los tiempos del funesto Pujol hasta la actualizar. Entre los culpables hay que destacar al PSC de los igualmente aciagos Maragall y Montilla. Y, por supuesto, con la delictiva y anticonstitucional actitud de unos gobernantes de la nación que, desde Suárez hasta Rajoy, han pactado con los separatistas y permitido la construcción de un régimen totalitario y mafioso en una parte de España.

Tampoco debemos olvidarnos de Vascongadas, donde además hay que añadir el terror sembrado por ETA que ha tiñó el suelo de España con la sangre de casi mil personas.

Terrorismo que, hay que hacer hincapié, fue un factor crucial en el diseño del suicida Título VIII de la Constitución, causa de todos nuestros males actuales y redactado para satisfacer a unos separatistas vascos y catalanes que, evidentemente, siguieron con su plan de destrucción de España.

¿Podríamos concluir diciendo que gran parte de la culpa está en la permisión y complicidad del Estado español?

Efectivamente, ésta es la segunda columna sobre la que se sustenta el éxito separatista, pues sin la dejación de todos los gobiernos españoles, sin excepción, desde Suárez hasta hoy, nada de esto habría sido posible. La principal acusación que ha de hacerse a todos los gobernantes españoles desde la aprobación de la Constitución es la de haberla vulnerado y haber convertido España en un Estado arbitrario en el que el primero que no cumple las leyes y la Constitución es el gobierno.

Javier Navascués

Mitos y mentiras sobre el siglo XIX en Cataluña.

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Los separatistas nos quieren vender el siglo XIX como una época de animadversión cultural y a todos los niveles contra España, cuando fue todo lo contrario: el “siglo de la eclosión españolista de Cataluña”. Quieren asociar la Renaixença al nacionalismo catalán cuando los artífices del movimiento tenían un ardiente patriotismo español, algo que se oculta manipulando la verdad de la historia. El historiador Rafael María Molina ha estudiado a fondo el fenómeno y en esta entrevista para SOMATEMPS desmonta los mitos y mentiras sobre el siglo XIX.

¿Dieron muestras de patriotismo español los catalanes durante el siglo XIX o asumían ya postulados políticos nacionalistas catalanes?

Todo lo contrario, a asumir postulados nacionalistas. De hecho, profesores catalanes de prestigio han hablado claramente de esta cuestión en los últimos años en libros convertidos ya en obras de referencia para deshacer mitos y leyendas falsas al respecto. El profesor Javier Barraycoa ha hablado del XIX como del “siglo de la eclosión españolista de Cataluña”, aportando una multitud de datos. Igualmente, el profesor Joan Lluís Marfany ha recordado el intensísimo patriotismo español de los catalanes en momentos clave, como la Guerra de la Independencia. Marfany subraya que el nacionalismo español fue la ideología política dominante en Cataluña durante todo el siglo XIX, que además difundió al resto del país.

También se pueden recordar las muestras de combatividad y patriotismo hispano de los catalanes en ocasiones como la Guerra de África de 1859-1860 o las guerras de Cuba y Filipinas. O en las guerras carlistas, desde luego. Hay que pensar, por ejemplo, como durante todo el siglo XIX, la bandera española rojigualda fue mucho más popular en Cataluña que la “senyera” y se exhibía públicamente con mucha mayor frecuencia que ésta. De ello hay muchos testimonios, aunque hoy se intenten ocultar.

Pero se produjo el fenómeno cultural de “la Renaixença”, ¿se tradujo ello en la aparición del nacionalismo catalán?

La Renaixença fue un movimiento cultural de recuperación de la lengua, la cultura y la historia catalana, a partir de la década de 1830, dentro de los parámetros generales del Romanticismo europeo. Pero durante casi todo el siglo XIX los mismos autores y literatos catalanes de “la Renaixença” se identificaban con un intenso patriotismo español.

Para ellos el orgullo de ser catalanes siempre estaba incluido dentro de la idea de España como patria común y la “nación” era siempre España. Así se entiende el ardiente patriotismo, incluso nacionalismo español, mostrado por autores clave de la Renaixença como Víctor Balaguer, Manuel Angelón o Antonio Altadill con ocasión, por ejemplo, de la Guerra de África. Y eso es algo que se ha ocultado sistemáticamente. Muchos de estos autores tienen una gran parte de su producción literaria en castellano y eso es algo que también se ha ocultado. Autores como Aribau, además, se ocuparon intensamente de recuperar y difundir la historia de España, por ejemplo, con su participación en la publicación de la Colección de Documentos Inéditos de la Historia de España con una multitud de volúmenes especialmente de la época imperial de España.

Baste recordar el conmovedor testimonio de identificación con la tradición católica e hispana de Cataluña del más grande de los escritores en catalán del siglo XIX: Mossèn Jacinto Verdaguer. Lo mismo podría decirse del gran filósofo Jaime Balmes, aunque este no pertenezca propiamente a la Renaixenca. Solo en los últimos años del XIX autores como Guimerá o Pitarra empiezan a adoptar una visión nacionalista catalana.

¿Había conflicto lingüístico?

El conflicto lingüístico y el odio contra el castellano no aparecen en Cataluña hasta la aparición del catalanismo político a finales del XIX y sobre todo a partir del XX que es cuando el nacionalismo catalán toma fuerza. Antes, los mismos autores de la Renaixença utilizaban con naturalidad ambos idiomas, que convivían con normalidad en la sociedad catalana. Por ejemplo, los Voluntarios catalanes de las guerras de Marruecos o Cuba hablaban entre ellos en catalán o con oficiales catalanes sin que a nadie le extrañara o molestara. Hay abundantes testimonios de ello.

¿El inicio del separatismo empieza con los republicanos federales?

Se puede decir que sí. Hacia 1870, los republicanos federales empiezan a tomar importancia en el escenario político catalán, aunque su momento de influencia fue efímero. Algunos de ellos en la Diputación de Barcelona ya hablan de proclamar un Estado Catalán, pero el general Prim, buen catalán y buen patriota español, les frenó con enérgicas medidas militares. Su momento fue efímero y de hecho en esa misma década el patriotismo de los catalanes quedó de nuevo demostrado con la organización de los Voluntarios Catalanes de Cuba, pero se había sembrado una semilla para el futuro.

El líder de los republicanos federales, Pi y Margall no era separatista, pero de su entorno surgió Valentí Almirall, el primer teórico del nacionalismo catalán. Su nacionalismo era de izquierdas, laicista y masónico

¿Cuál fue el papel de la burguesía catalana en el siglo XIX?

Durante el siglo XIX, la burguesía industrial catalana manejó un discurso político de intenso patriotismo español en defensa de sus propios intereses. Esto fue así sobretodo en relación con dos cuestiones clave: presionar a los sucesivos gobiernos de España para que adoptaran una política económica proteccionista que dificultara al máximo la importación de productos industriales extranjeros, cosa que lograron, convirtiendo, de hecho, a España en mercado cautivo de la industria catalana. La otra cuestión fue Cuba, donde los negocios e intereses catalanes eran amplios. Los empresarios catalanes apoyaron siempre la visión política más españolista, negándose a cualquier autonomía para la isla.

Pero a partir de 1898 se produjo un cambio drástico. Al consumarse la pérdida de Cuba, los burgueses catalanes pasan a exigir al gobierno español un concierto económico para Cataluña. Su intención era recuperar vía impuestos sus pérdidas económicas en Cuba. Cuando el gobierno se niega pasan a apoyar al nacionalismo catalán.

Fue una actitud de un egoísmo infame pues olvidaba que 150.000 soldados españoles habían muerto en Cuba en 2 grandes guerras básicamente por defender los intereses económicos catalanes. Luego, naturalmente, cuando le convino, ante el peligro revolucionario, la burguesía catalana volvió al nacionalismo español en 1923 apoyando el golpe de Primo de Rivera y en 1936 al Alzamiento Nacional.

¿Cuándo cobra fuerza el nacionalismo catalán?

Aunque, como vimos el nacionalismo catalán tuvo un origen izquierdista, pronto viró hacia posiciones más conservadoras. A partir de 1880 surgen las primeras asociaciones catalanistas aún no configuradas como partidos, pero con claras intenciones políticas. El primer programa nacionalista catalán fueron las “Bases de Manresa”, de 1892. Pero lo cierto es que el impacto de todo ello fue mínimo en aquel momento. Como señalaron luego Josep Pla y el propio Francesc Cambó, (y han reconocido historiadores nacionalistas contemporáneos como Borja de Riquer) en aquellos años el nacionalismo catalán era muy minoritario en una Cataluña que aún se emocionaba con el patriotismo español, sobretodo en relación con Cuba, como se veía en las masivas despedidas a los soldados. La monarquía había sido aclamada popularmente en la Exposición Universal de 1888 en Barcelona. Había un fuerte orgullo regional, como se vio en la defensa del Derecho Civil catalán en aquellos años, pero todavía estaba dentro de un intenso patriotismo español.

Pero a partir de 1900, el nacionalismo catalán se convierte en una ideología con un amplio apoyo. Fue decisivo para ello el apoyo económico que había empezado a darle la burguesía catalana.

¿Cómo los pueblos catalanes abandonaron el carlismo y el catolicismo?

El ascenso y caída del carlismo durante los siglos XIX y XX está estrechamente ligado al propio auge y caída de la religión católica pues el carlismo era y es un ideal político muy vinculado a la Fe católica. Durante el siglo XIX el campo catalán había sido un bastión carlista y católico. Pero a partir precisamente de 1900 el secularismo entra con fuerza por primera vez en los pueblos catalanes. El gran beneficiado fue el nacionalismo catalán que empezaba a configurarse como una ideología que exigía una entrega total, casi como una religión y sacralizaba elementos como la lengua. De esta forma el catalanismo fue sustituyendo al carlismo en los pueblos. Lo mismo ocurrió en Vascongadas.

No obstante, es importante recordar que durante el primer tercio del siglo XX el catalanismo no pudo todavía desplazar totalmente al carlismo y éste aún conservó una influencia estimable en el medio rural catalán. Buena prueba de ello es el Laureado Tercio de Requetés de Nuestra Señora de Montserrat durante la Guerra Civil. Pero a partir de los 70 del siglo XX con la gran ola de secularización el separatismo catalán estableció su hegemonía en el campo, sobre las ruinas del cristianismo. Así hemos llegado a la situación actual con un independentismo catalán étnico, rural y casi tribal intentando conquistar social y políticamente Barcelona y su entorno. De momento, sin éxito, lo cual determina el fracaso hasta ahora del proceso independentista.

Pero, en cualquier caso, el separatismo catalán intentará siempre destruir a la Religión católica pues sabe que, si se llegara a producir una restauración católica de Cataluña, el nacionalismo catalán, configurado como una religión alternativa, sería el gran damnificado. Y ello a pesar del absurdo de que haya religiosos e incluso algún obispo que sean defensores fanáticos del separatismo. También a principios del siglo XX hubo religiosos catalanistas. El pago que dio por ello el nacionalismo catalán entonces representado por ERC a la Iglesia en Cataluña durante la Guerra Civil fue el exterminio físico.

Javier Navascués

“Sólo la izquierda está en posesión y es titular de la Verdad”, afirma el historiador Antonio Peña, que analiza la ideologización de la Historia, especialmente en Cataluña.

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Las ideologías no tienen ningún reparo en manipular la verdad de la Historia conforme a sus intereses, imponiendo una Historia oficial que todo el mundo tiene que aceptar de manera dogmática y acrítica. A quien disiente de este pensamiento políticamente correcto se le hace callar de inmediato bien con descalificaciones o bien ignorándolo.

Don Antonio Peña, Doctor en Historia, lleva años estudiando este fenómeno y resistiendo a la dictadura de lo políticamente correcto. En esta entrevista comparte con nosotros unas nociones muy generales de esta realidad, primero a nivel global y luego, de forma concreta, con relación a la situación de Cataluña.

Dentro del panorama historiográfico español cada vez es más habitual encontrarnos con historiadores que, abandonando viejos prejuicios, se están lanzado a un fuerte replanteamiento histórico en multitud de temáticas. Esta corriente está fundamentando nuevas perspectivas de la Historia de España.

Por este camino discurren historiadores y científicos españoles, desde Barraycoa a García Cárcel pasando por los Luis Suárez y Fernández Álvarez o los Alberto Bárcena y Javier Paredes o los César Alcalá y Pio Moa. También encontramos a historiadores foráneos como los grandes hispanistas Elliott o Payne.

Este camino ha desembocado en nuevas propuestas de marcos científicos, de hipótesis de trabajo, teorías y tesis contrastadas que han dado lugar a una extensa actividad editorial así como a una gran labor de divulgación científica.

No es de extrañar que, desde la historiografía académica oficial, hayan saltado todas las alarmas dado que se está derribando la muralla del discurso histórico políticamente correcto, que la historiografía marxista y nacionalista habían impuesto y protegido durante 60 años, por lo menos desde el apogeo del economicismo histórico realizado bajo las premisas de la dialéctica histórica marxista.

Y es que subyugarlo todo a una simple mecánica economicista, bajo parámetro de análisis de dialéctica marxista y materialista, llevó a tantas contrariedades que hubo necesidad de reacondicionar las líneas desde las cuales se componía el discurso histórico. La Nouvelle Histoire y la Escuela Annales fueron ese intento de recomponer dichos parámetros de análisis incorporando aspectos “irracionales” como el alma y la conciencia individual. Este fenómeno ocasionó dos principales efectos: un rearme de las representaciones colectivas que había elaborado la dialéctica marxista pero desde los nuevos análisis (como los de la cultura y mentalidades), y la introducción de tantos matices que el discurso oficial de dialéctica histórica marxista comenzó a resquebrajarse. De ahí se ha pasado, en las últimas décadas, a replanteamientos completos. Y, precisamente, esta situación ha favorecido el actual fenómeno de advenimiento de otros modelos explicativos que nada tienen que ver con el análisis de dialéctica marxista.

¿Cuál ha sido la respuesta de la historiografía de dialéctica marxista y materialista?

Desde este sector se han dado tres tipos de respuesta: el primero es ignorar a los historiadores opuestos a esos planteamientos, a los discrepantes o a los simplemente disonantes. El segundo, es el desprecio y la estigmatización. El tercero, sólo cuando ya no pueden evitar obviar a ciertos científicos y sus aportaciones, viene la burda descalificación. Pero esos historiadores “oficialistas” lo que nunca hacen es responder en el mismo plano, el científico. Supongo que saben que en el plano científico tienen la batalla perdida.

¿Quiénes serían por contra los historiadores más representativos de la historiografía de dialéctica marxista y materialista especialmente en relación con la historia de España?

Bueno, lo primero que hay que decir es que un historiador que incorpora a su investigación un tipo de análisis de dialéctica materialista puede ser tan profesional y riguroso como aquel que utiliza otros parámetros. Ahora bien, lo que algunos hacen es poner la recogida de datos y su interpretación al servicio no de la ciencia sino de una ideología y de unas pretensiones políticas. De tal modo parten de unos discursos a priori que son incuestionables y los cuales deben ser secundados por los datos. Cuando los datos no concuerdan o no encajan o niegan el montaje discursivo a priori, se fuerza la interpretación de los mismos, se tergiversan o sencillamente se prescinde de tales datos.

Es decir, tales historiadores pueden tener como objetivo sacar a la luz una realidad histórica pero su finalidad es ante todo la defensa de un entramado discursivo desde postulados ideológicos especialmente marxistas y nacionalistas. Para mí esta predisposición la veo en historiadores como Fontana, Preston, Viñas, Raguer, de Riquer, Sobrequés, Santos Julià, Gibson entre otros. Eso no quiere decir que tales historiadores no hayan hecho aportaciones positivas con datos valiosos. La cuestión es el discurso de base en el cual se funden todas esas aportaciones y datos, y cuál es el propósito de dicho discurso. Éste es el problema y el asunto. Y es aquí donde, para mí, yerran.

Por ejemplo, respecto a la II República, no se puede admitir que se dude de la matanza de Badajoz y que se aporten datos que respalden esta duda. O por ejemplo que se diga que el golpe de estado contra la II República ya lo había dado el PSOE con los anarquistas y los independentistas catalanes en 1934 y que, desde entonces, estos sectores políticos tenían el objetivo de aniquilar la República -que denominaban burguesa- para imponer la dictadura del proletariado y el terror, siguiendo la estela de la Unión Soviética.

O respecto a 1714, no se puede admitir que se dude del discurso oficial que dice que 1705-1715 fue la lucha de la nación catalana contra la tiranía francesa y castellana, o que se afirme que los austracistas se consideraban tan españoles como cualquiera otros y que luchaban por España y por su rey, el archiduque Carlos de Austria.

¿Y qué le parece el grupo Nova Historia de Catalunya, fuertemente financiado por los sectores independentistas?

 Bueno, si en el caso anterior hablamos de historiadores que, pese a sus discursos y finalidades, mantienen por lo menos un mínimo criterio científico; aquí ya el desbarre es total y prefiero no entrar en ello. No les voy a dedicar ni un minuto de mi existencia.

Hemos hablado de que actualmente hay un replanteamiento histórico de muchas temáticas y periodos ¿podemos hablar de un revisionismo? ¿Qué entendemos por revisionismo histórico?

 En la historiografía académica oficial (como mundo científico casi siempre cerrado, hermético e incluso oscuro a ojos del no- profesional) ha dominado el modelo marxista de interpretación de la Historia –ya lo hemos expuesto- según el cual, “revisionismo” tiene dos tipos de significados.

  1. Antes de la imposición y triunfo de los parámetros interpretativos de la dialéctica histórica marxista, revisionismo era mirar una cuestión -ya estudiada por la historiografía liberal y conservadora- para darle una nueva interpretación en base al modelo interpretativo marxista.
  2. Una vez impuestos los parámetros de lectura marxista de la Historia como único o principal modelo de interpretación en el mundo académico, el término “revisionismo” pasa a referirse a volver mirar las cuestiones ya dogmatizadas por la historiografía marxista para darles otro enfoque. Así, “revisionismo” acabó adquiriendo el significado de “equivocado” y “extraviado” e incluso de “falsario” y “faccioso”.

La segunda acepción ha sido utilizada profusamente entre los historiadores y políticos de la izquierda, especialmente desde la década de 1930. El objetivo ha sido -y sigue siendo- descalificar y desautorizar a quienes “revisan” las explicaciones dadas desde el modelo marxista de interpretación de la Historia. A los historiadores culpados y denunciados como “revisionistas” también se les imputa el estigma de “fascistas” y “franquistas”, pasando a formar parte de una “lista negra” de historiadores a los que no se debe citar en ninguna investigación, libro o artículo científico.

Actualmente estas etiquetas no las ponen sólo los historiadores adictos al modelo interpretativo marxista, dominante en el mundo académico oficial. La imposición de tales sellos también corre a cuenta de grupos mediáticos fácilmente reconocibles que son los que marcan la pauta y señalan quién es profesional de la Historia y quién no, quién está Dentro y quién está Fuera, quién es “revisionista” y “fascista” -y por lo tanto miente- y quién se atiene a la “Objetividad” y dice la “Verdad”.

¿Qué implicaciones tiene esta imposición?

Esto implica que sólo la izquierda está en posesión y es titular de la Verdad y, por lo tanto, los partidos y grupos de izquierdas son los únicos legitimados para gobernar y administrar, para hacer ciencia y arte y para dirigir la sociedad hacia un mundo maravilloso de hermandad universal revestido de socialismo y estatalismo. Y lo grave es que los grupos liberales y conservadores, la llamada derecha política y social, han aceptado este razonamiento. Buen ejemplo es la frase que dice: “la cultura es de izquierdas”, la izquierda como dueña y señora de la cultura.

Esta cuestión lastra todo el sistema constitucional de 1978. La renuncia de la derecha social y política a tener voz propia en el ámbito cultural viene del final de la década de 1960. Y por cultura no me refiero solamente a la literatura, el cine o el teatro. Esto son expresiones culturales. Me refiero a las ideas, que son fundamento de concepciones de vida y les dan forma. La literatura, el cine o el teatro, la música o la producción filosófica y científica son expresiones culturales que expresan una forma de ver el mundo, de entender al ser humano, la vida y la muerte, al Estado y a la nación y a la sociedad, y cómo éstos se organizan política y administrativamente.

En la actualidad lamentablemente es imposible que la derecha social y política de la batalla de las ideas porque ha renunciado a desarrollar y divulgar ideas mediante las diversas expresiones culturales y científicas.

¿Cómo actúa la izquierda cultural para conseguir sus objetivos políticos?

Para ellos es necesario destruir todas las bases que nos sustentan como patria y sociedad occidental fundamentada en valores cristianos y en el Derecho Natural. Para acometer tal transformación, la excusa utilizada es que tal destrucción es el único camino posible para dar alivio a nuestros ahogos y adversidades. Así, de la destrucción surge una nueva realidad: el reino (paraíso) soñado, la utopía hecha realidad. Es en este contexto en donde tienen sentido las referencias de Azaña a realizar un programa de demoliciones como empresa creadora: pasarlo todo por la criba, volarlo todo. Tal acto nihilista es, al mismo tiempo la aurora del “mundo feliz” por ellos proclamado. Por eso no debe extrañarnos que clamen por una Segunda Transición.

¿Qué es necesario para realizar esta segunda transición?

Uno, deben destruir el pasado, la historia, y reconfigurarlo en conformidad a sus postulados. Aquí es donde se encuadran leyes como la de memoria histórica.

Dos, deben introducir en la sociedad divisiones entre “buenos” -marxistas, socialistas, anarquistas, independentistas- y “malos” -liberales, conservadores, católicos- poniendo a este último grupo bajo sospecha (retrógrados, fascistas, totalitarios y déspotas). División llevada y movida por el sentimentalismo (el sentimentalismo como medida del “yo” y de cómo cada individuo y grupo entiende la sociedad). Y ello mediante la formación y subvención de grupos muy radicalizados.

Tres, deben destruir pilares básicos de la sociedad como la tradición, la familia y la propiedad. Aquí encajan, por ejemplo, leyes como las “de género”, o el amparo a los movimientos okupas y anarquistas.

Cuatro, deben destruir la seguridad física de los ciudadanos y también la seguridad jurídica de ciudadanos y empresas, así como doblegar a los jueces y tribunales poniéndolos bajo sospecha, primero; y, después bajo control político.

Quinto, deben quebrantar y/o controlar los órganos de control económico.

Sexto, deben estimular el conflicto territorial ¿Acaso no es esto lo que se ha ido haciendo desde hace más de treinta años, financiando a partidos y asociaciones y grupos políticos y culturales nacionalistas que siempre han expresado su proyecto es romper España? ¿Acaso no se ha favorecido ETA reafirme su dominio de la sociedad vasca y tenga representación en las instituciones e incluso controle muchas de éstas (como ayuntamientos por ejemplo)?

Séptimo, deben fijar leyes electorales que favorezcan a todos estos sectores para que queden sobredimensionados en su representación institucional en comparación al número de votos.

Octavo, deben apropiarse de las cámaras de representación, considerarlas suyas ¿acaso no es esto lo que sucede con el parlamento de Cataluña?

Por último comentar que esto ya se llevó a cabo en España, durante la II República y a partir de que estos mismos grupos fueron derrotados en su golpe de Estado del año 1934. De este año a julio de 1936 se puede ahondar mucho. El proceso se aceleró y profundizó tras las elecciones de febrero de 1936.

Por estos caminos el sistema de 1978 puede entrar en colapso, si no lo está ya desde el golpe de Estado de septiembre-octubre de 2017, dado por los nacionalistas en Cataluña. La salida del colapso sería una segunda transición.

El papel de la historia es, pues, trascendental en este proyecto de demolición.

Aquí la Historia tiene un papel principal, porque –ayudado de los medios de comunicación- es un perfecto mecanismo para crear mitos históricos indiscutibles.

Es decir, para crear tales mitos son necesarias dos cosas: una cosmovisión de la Historia levantada desde el modelo de interpretación marxista y nacionalista e instituir un organismo que difunda e imponga la Cosmovisión y que condene y persiga y castigue y extirpe del ámbito científico e intelectual a toda voz disidente. Esto es, precisamente, lo que en España se ha logrado implantar en los últimos treinta años. La Ley de Memoria Histórica es sólo uno de los resultado más visibles. Actualmente la Izquierda y el nacionalismo, íntimamente aliados, han logrado imponer una Cosmovisión de lo que España y Cataluña y sus sociedades son y no son, de lo que es bueno y malo. Y todo ello cuenta lamentablemente con la colaboración de una supuesta derecha política.

¿Cuáles son los diferentes elementos empleados en Cataluña?

En Cataluña la Cosmovisión está compuesta por diferentes elementos, principalmente dos: el primero, un surtido de mitos como la “senyera”, la revuelta de 1640, el austracismo y el 11 de septiembre, el socialismo, Macià, Companys, la II República.

El segundo, un armazón estructurado por un trenzado de grupos y entidades -culturales, educativas, deportivas, políticas, religiosas y de entidades financieras y empresas- que tienen como objetivo hacer realidad diaria la Cosmovisión. Para que ésta llegue a toda la sociedad, mantener la comunión de ideas e imposibilitar el pensamiento disidente, la Izquierda, la derecha nacionalista y el anarquismo han creado un “Ministerio de la Verdad” que también se encarga de controlar la información, inventar la realidad o falsearla para adaptarla a la Cosmovisión.

A día de hoy, la novedad es que “Ministerio de la Verdad” se ha hecho legal -y se ha implantado en toda España- pensemos en organismos como el CAC y en las leyes de memoria histórica que prevén incluso penas de prisión para aquellos que intenten propagar un discurso no ya contrario, simplemente disidente con la verdad establecida por este “Ministerio”.

Del “Ministerio de la Verdad” forman parte los partidos políticos del “Sistema del 78” (desde la izquierda a la derecha) y los centros de investigación y docencia encargados de atesoran pruebas (pensemos en “los papeles de Salamanca”) y componer reflexiones con las que cimentar, moldear y enseñar la “Verdad Histórica” que será divulgada por múltiples medios de comunicación y por los grandes grupos mediáticos del “Sistema”.

En este contexto se insertan también los ataques que sufren historiadores acusados de “revisionismo” y difamados.

En sus investigaciones y libros estos historiadores denuncian la Cosmovisión de la Izquierda y del nacionalismo y de la derecha. Además, están presentando contundentes pruebas históricas de la falsedad de la Cosmovisión y de los mitos en que se sustenta.

Hoy es más necesario que nunca oponer resistencia a los “tiranos de las conciencias”. Los historiadores que tomamos estas actitudes críticas y revisionistas de la Historia somos conscientes de que profesional y personalmente nos jugamos mucho pero, en la situación política actual, no podemos permanecer callados.

Javier Navascués

La burguesía vasca se une para hacer frente al nacionalismo en 1919.

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La gran burguesía industrial vasca de la primera mitad del siglo XX se mostró mucho más combativa contra el nacionalismo vasco que la catalana, que había adoptado el catalanismo político. De hecho, en 1919 la burguesía vasca impulsó una candidatura única para hacer frente al avance del PNV que desde hacía un año dominaba la Diputación de Vizcaya y el ayuntamiento de Bilbao.

Entre finales del siglo XIX y principios del XX Vizcaya vivió un proceso acelerado de industrialización que hizo que a partir de 1900 la burguesía vasca superara a la catalana en cuanto a peso en la economía nacional. Grandes empresas siderúrgicas, navieras, mineras, químicas, eléctricas etc. como Altos Hornos de Vizcaya, Sociedad Española de Construcciones Navales, Astilleros del Nervión entre muchas otras o bancos como el de Bilbao y el Vizcaya dominaban la economía española.

En los últimos años del siglo XIX apareció el PNV, fundado por el fanático racista antiespañol Sabino Arana pero los grandes partidos “dinásticos” como el Conservador o el Liberal, apoyados por la burguesía industrial siguieron siendo las fuerzas dominantes en Vizcaya. Además el Carlismo seguía siendo mayoritario en Álava (y por supuesto en Navarra).También en esos años apareció el PSOE como un nuevo factor de la política vasca.

Pero en 1918, por primera vez el PNV ganó las elecciones en Vizcaya y Guipúzcoa y se adueñó del ayuntamiento de Bilbao y de la Diputación de Vizcaya (que controlaba el sustancioso Concierto Económico). Como ha explicado el historiador norteamericano Stanley G. Payne, el PNV se apoyaba en la pequeña burguesía, en los campesinos y en un sector del clero pero la gran burguesía vasca industrial y bancaria era (con alguna excepción) españolista y antinacionalista pues sabían que necesitaban el mercado español y el apoyo de la política económica proteccionista (o sea que se restringieran al máximo las importaciones extranjeras) del Gobierno.

El 15 de diciembre de 1918 tuvo lugar una caótica Asamblea de Municipios Vascos en Guernica en la Casa de Juntas de Vizcaya en la que el PNV intentó recabar apoyo para el proyecto de Estatuto Vasco que sus diputados iban a presentar en las Cortes. Pero los concejales dinásticos y nacionalistas casi llegaron a las manos y una manifestación de simpatizantes del PNV se enfrentó a la Guardia Civil y causó graves disturbios en Bilbao. Además en la localidad de Erandio obreros españolistas se enfrentaron a simpatizantes separatistas y hubo graves incidentes. El alcalde de Bilbao Mario Arana del PNV insultó a la Guardia Civil y fue destituido por orden del Gobierno.

Ante esta situación la burguesía industrial decidió patrocinar una candidatura única de conservadores, liberales, mauristas y algunos carlistas para derrotar al PNV y recuperar las instituciones. Se llamó Liga de Acción Monárquica y se presentó en un acto multitudinario en el monte Archanda, cerca de Bilbao el 7 de enero de 1919. En la lista estaban los nombres más famosos de la industria vasca como los Ybarra, Urquijo, Aresti, Zubiría, Lequerica (futuro ministro de Exteriores y embajador en Estados Unidos y ante la ONU con Franco) entre muchos otros. “Vizcaya ha sido es y será siempre España”, “El nombre Españoles es sagrado para nosotros”, dijeron los oradores, aclamados por la multitud.

La movilización, que se extendió a toda Vizcaya, tuvo éxito y en las elecciones a Cortes, municipales y a la Diputación de 1919, 1920 y 1923 la Liga de Acción Monárquica derrotó claramente al PNV y recuperó el ayuntamiento de Bilbao y la Diputación de Vizcaya. El Estatuto Vasco fue rechazado en las Cortes. La L.A.M formó grupo parlamentario conjunto en el Congreso de los Diputados con el partido unionista de la burguesía catalana, la Unión Monárquica Nacional de Alfonso Sala.

Más tarde la burguesía vasca apoyó a la Dictadura del General Primo de Rivera (igual que la catalana) pero el nacionalismo resurgió con fuerza durante la II república. Y en la Guerra Civil fue el carlismo, quien derrotó militarmente al nacionalismo vasco. La burguesía vasca apoyó al régimen del general Franco y vivió un último periodo de esplendor económico hasta finales de los años 50, favorecida por la política económica proteccionista del General.

Rafael María Molina
Historiador

Fuente: Política Nacional en Vizcaya. Entre la Restauración y la República. Javier Ybarra. 1948. Instituto de Estudios Políticos.

Un siglo de la vida del Banco de Bilbao. 1857-1957. Bilbao. 1957.